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El año en que la Tierra se detuvo

La vida, el cine y la cultura audiovisual en tiempos del COVID-19.

Por: Jessica Oliva Swipe

Despacito y sin percatarnos, todos entramos a una película que ya habíamos visto en algún lugar. Las calles desiertas, las escuelas cerradas, los supermercados desabastecidos, el contacto prohibido. El aislamiento, el silencio, la subida del dólar y la caída de la economía. Las protestas en las fronteras para que los de al lado no crucen, personas de determinados rasgos raciales agredidas en el metro, la xenofobia, el racismo. Enfermeras atacadas con cloro en los autobuses, saqueos, refugios de mujeres que no se dan abasto. Gobiernos que vigilan con tecnología, ciudadanos sin privacidad, presidentes que buscan comprar vacunas salvadoras sólo para los suyos. Trabajadores que se arriesgan a salir para comer, celebridades que cantan Imagine desde sus mansiones. La vida, las juntas y el amor existiendo sólo en pantallitas: de Twitter, de Zoom, de Skype, de YouTube, de Facebook Live. Incertidumbre, esperanza, infectados que aumentan, pero también que, poco a poco, se recuperan. Y una pregunta que nos une a todos: ¿y ahora qué?


Sí, esta historia ya la habíamos visto antes. Pero, como bien dijo la actriz-directora Sarah Polley en su Twitter, lo que estamos viviendo, además, es una trama mala y obvia:

Tiene esos clichés frustrantes de película de desastre, en donde los personajes idiotas se meten a un desastre tras otro, que la audiencia es capaz de ver venir años antes.

2020 siempre será recordado como el año en que el mundo se canceló y se detuvo por un enemigo invisible y microscópico. La maquinaria global y civilizada que hemos construido se tambaleó y demostró no estar pensada para enfrentar este tipo de crisis: una que imposibilita el movimiento. Ni siquiera porque vimos Contagio, de Steven Soderbergh, ni porque nuestra cultura pop está llena de distopías que advierten sobre ser egoístas e inconscientes durante las amenazas. La pandemia ha golpeado industrias y pulverizado planes, como muchas otras crisis más pequeñas que ella; pero su golpe más fuerte y singular ha sido el haber modificado por completo nuestra normalidad. El COVID-19 se metió con el flujo establecido de las cosas más cotidianas, como la posibilidad de dar un abrazo.


En la industria del entretenimiento esa modificación ha sido histórica. Hollywood experimentó un paro como el que no se vio ni siquiera tras el ataque a las Torres Gemelas en 2001. Por primera vez, los reportes de taquilla alcanzaron un cero redondo, después del cierre definitivo de cines. Se detuvieron rodajes millonarios y tours de prensa, se cerraron parques temáticos, se retrasaron las grandes producciones, se cancelaron festivales y se mandó a todo mundo a su casa. Algunas cosas, sin embargo, permanecieron iguales, como la enajenación de algunas celebridades, quienes usaron sus redes sociales para enviar mensajes insensibles de igualdad… desde sus mansiones lujosas. Parece que el trabajo de sus publicistas no se detiene ni en cuarentena.


De hecho, tal como lo recogió un artículo del sitio Jezebel, la labor de los relacionistas públicos del entretenimiento tuvo que adaptarse y aprovechar rápidamente el cambio. Actores, directores, músicos y cantantes disfrutaron de pronto de un tiempo libre inusitado –sin tanto viaje–, que les permitió a los medios conseguir entrevistas más largas e introspectivas con ellos. Sus publicistas también descubrieron formas creativas de mantener a sus clientes en el ojo público, sin necesidad de intermediarios: activaciones en redes sociales, transmisiones en vivo, conciertos en Facebook Live, reencuentro de elencos en videollamadas, lectura de episodios a distancia, entre otras. Es muy posible que éstas se conviertan en actividades permanentes, incluso después de la pandemia.


Así es la creatividad en tiempos de crisis: esa necesidad de responder a una situación transitoria que, seguramente, también terminará por construir una realidad nueva, más permanente, en ámbitos que van desde la política y la seguridad, hasta el cine y el entretenimiento. “Los desastres y las emergencias no solo echan luz sobre el mundo tal cual es, también abren el tejido de la normalidad. A través de esas grietas podemos vislumbrar la posibilidad de otros mundos”, escribe Peter C. Baker, en un ensayo para The Guardian, en donde habla de temas más serios que el trabajo de los publicistas.

Sin embargo, sus ideas pueden aplicar para todo, hasta para la cultura popular: ¿qué otras dimensiones y universos paralelos hemos visto en estos días?


| EL MUNDO EN EL MONITOR

El confinamiento y el distanciamiento social nos han negado el privilegio de perdernos en los visuales de una sala de cine; pero, por otro lado, se han encargado de convertir gran parte de nuestra vida en una experiencia audiovisual. Las imágenes han fungido como ventanas, puentes y válvulas de escape: desde esa película en streaming, hasta la videollamada con la abuela. La vida social y laboral existen en una pantalla que se divide, a su vez, en pantallitas de menor tamaño, desde donde podemos apreciar caritas con fondos siempre enigmáticos: vistazos a la intimidad de nuestros interlocutores. Monitores de todo tipo nos ayudan a que el distanciamiento social no sea verdaderamente “social”, sino sólo físico, así que nos aferramos a celulares, computadoras, tabletas y Smart TV’s. Bodas en Zoom, zumba en Skype, y hasta videos perturbadores en las redes de Canal 5, que despertaron toda una investigación entre decenas de usuarios.

El consumo y la publicación de contenido desde casa se intensificó en todo el mundo. YouTube, Netflix, Facebook e Instragram tuvieron que bajar la calidad de sus sistemas en Latinoamérica para evitar la saturación de sus servicios. Plataformas de comunicación por video han protagonizado sus propias épicas: Zoom rebasó en valor a Uber en marzo pasado (y llegó a los 200 millones de usuarios), antes de que fuera acusada por no estar preparada para proteger la privacidad de quienes la usan. Skype se hizo más amigable y ofreció videollamadas sin la necesidad de tener una cuenta. Miles de estudiantes, maestros y otros profesionales las ocuparon por primera vez: muchos de ellos probablemente las incluirán de ahora en adelante en sus vidas.

¿Qué de esta nueva existencia se quedará para siempre en el cine, el entretenimiento y la cultura popular? De entrada, sus historias. El canadiense Mostafa Keshvari no sólo ya filmó la primera cinta sobre el COVID-19 –titulada Corona–, sino que ya está lista para ser proyectada. Escritores europeos ya han hecho lo propio: Slavoj Zizek y Paolo Giordano publicaron ya sus libros Pandemic y En tiempos de contagio, respectivamente. Es de esperarse que del confinamiento surjan más ficciones, testimoniales, imágenes y relatos que documenten y (con el tiempo) reinterpreten y analicen lo que vivimos hoy.

Puede, sin embargo, que nada cambie en lo estructural. Quizá, después de la crisis, todo vuelva a como era antes. Sin embargo, es posible que ya sea demasiado tarde para eso: ya hemos vislumbrado otros mundos, para bien o para mal. Uno donde, por ejemplo, no existe una ventana de tres meses de exhibición en salas de cine, antes de que una cinta de alto perfil llegue a streaming. Uno donde las empresas trabajan más a distancia y de forma virtual. Uno donde nos hemos hecho más conscientes de la importancia –y fragilidad– de los espacios alternativos de exhibición; donde experimentamos con nuevas formas de alcanzarnos, de inspirarnos, de demostrar que algo o alguien nos importa.

Aún es muy pronto para vislumbrar con certeza el nuevo mundo que se nos viene. Sin embargo, valen la pena las simples preguntas: ¿hacia dónde vamos? ¿con qué queremos quedarnos? ¿con qué no?

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