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TECNOLOGÍA

El pulso de las ciudades

El futuro de las ciudades inteligentes no está en las máquinas, sino en nuestra capacidad de medir, monitorear e interpretar los datos para solucionar los problemas de sus habitantes.

Por: Fernanda Kuri Swipe

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La tecnología no es nada —dijo Steve Jobs a Rolling Stone en 1994—. Lo importante es tener fe en las personas, en que son fundamentalmente buenas e inteligentes, y en que, si les das herramientas, harán cosas maravillosas con ellas”.

Hace una década, el concepto de ciudades inteligentes cautivó la imaginación de gobernantes y corporaciones.

Mediante la inteligencia de datos y las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, las ciudades buscaron proporcionar soluciones transformadoras para los desafíos urbanos, desde energía asequible y transporte público, hasta educación equitativa y servicios sociales universales.

Desde la perspectiva de los gobiernos locales, estos enfoques prometían mayor eficiencia de las operaciones, incluido el ahorro de costos, mejores servicios en el sentido de resultados medibles e ingresos potencialmente mayores a partir de un mayor cumplimiento de las obligaciones fiscales, como el pago de impuestos.

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Esto significaba que, por ejemplo, la transportación podría funcionar eficientemente bajo demanda; los servicios gubernamentales podían atender mejor las necesidades de hogares y empresas; el crimen podría reducirse a ciertas zonas mapeadas; los sistemas energéticos podrían integrarse y ser más responsivos a la demanda dinámica; y la salud del medioambiente podría medirse y mejorarse sistemáticamente.

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Todas estas continúan siendo importantes metas tácticas para los gobiernos locales, pero las soluciones mediadas principalmente por la ingeniería y la ciencia de datos aplicada generalmente han demostrado ser insuficientes.

Los macrodatos y la tecnología solo son útiles en la medida en que nos ayudan a abordar problemas específicos que experimentan las personas.

Si no nos guiamos
por objetivos concretos,
solo estamos acumulando bytes.

Supongamos que una ciudad instala farolas inteligentes en las calles principales. Ahora todas ellas tienen capacidad wifi y transmiten datos a la nube.

Almacenarlos consume una gran cantidad de recursos, pero ¿con qué fin? ¿Están las personas más seguras o pueden trasladarse con mayor facilidad? Sin un plan de implementación claro, la respuesta es incierta.

Hoy en día, es justo decir que las visiones de ciudades inteligentes basadas en la tecnología no se han cumplido.

Cuando se ha intentado, la gestión y el diseño urbanos han generado entornos poco inspiradores, incapaces de medir el pulso de las ciudades.

En algunos lugares, como Río de Janeiro, la implementación de la digitalización urbana se volvió controvertida de otras maneras, incluida su capacidad de vigilancia generalizada y su desapego de los desafíos de la desigualdad social o el estrés ambiental de su propia área metropolitana.

Lo que hemos aprendido de estos primeros experimentos es una apreciación de los nuevos usos emergentes de la tecnología y los datos en colaboraciones que incluyen a gobiernos y otras partes interesadas.

Por ejemplo,
varias formas de gobiernos digitales
han surgido como útiles y populares.
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Los gobiernos locales y regionales, como el de Montreal, han empezado a compartir los datos que producen en portales de datos abiertos y a través de API, y muchos han integrado cada vez más información cuantitativa en sus operaciones, planificación e interacciones con el público.

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La siguiente fase de la digitalización urbana consiste en tomar todos los datos enriquecidos creados por nuestras vastas redes digitales y consolidarlos con información que sirva al gobierno y a los ciudadanos por igual.

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Los resultados son alentadores porque han aumentado la transparencia de los presupuestos y las prácticas gubernamentales, la calidad de los servicios públicos y han permitido a los departamentos de cada ciudad ver el panorama general y alinear las operaciones diarias aisladas con objetivos estratégicos a largo plazo.

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Los gobiernos locales producen grandes cantidades de datos como parte de sus operaciones diarias. Cada vez que uno viaja en un taxi, renta una bicicleta, paga una factura de servicios públicos o solicita un permiso de construcción, se crean datos.

Hasta hace poco,
la mayor parte de la información
permaneció segregada dentro
de los organismos especializados.

Cientos de gobiernos locales de todo el mundo están liderando un movimiento para compartir dicha información a través de portales de datos abiertos que organizan, estandarizan y la hacen legible por máquina.

Los datos también
pueden allanar el camino
hacia la democracia participativa.
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A través de su sitio web, el Ayuntamiento de Barcelona acogió más de 13,000 sugerencias del público en asuntos como el diseño de una vía.

De esta manera, las tecnologías de la información y comunicación pueden ser un instrumento para construir un gobierno más inclusivo que incorpore la retroalimentación de los residentes y ponga a los ciudadanos en el corazón de su acción y políticas.

Este tipo de enfoque colaborativo también ayuda a sacar a la luz diferentes visiones, necesidades y realidades para formular mejores políticas.

Por ejemplo, en Santiago de Chile, GovLab ha liderado estudios sobre temas de género en la movilidad urbana: 40% de las mujeres viajan a pie por la ciudad y las dificultades en el transporte público pueden hacerlas más susceptibles al acoso.

La digitalización se refiere a hacer que la información sea accesible tanto para las personas como para los dispositivos informáticos.

A medida que la tecnología evoluciona, se hace hincapié en la computación integrada en las máquinas y la computación en la nube, entretejidas en redes cada vez más complejas y distribuidas.

La digitalización de los espacios urbanos se ocupa de la integración perfecta de personas, organizaciones socioeconómicas, gobiernos y otros actores en redes complejas en un territorio compartido, orquestadas por tecnologías de la información y la comunicación (TIC).

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La digitalización se refiere a hacer que la información sea accesible tanto para las personas como para los dispositivos informáticos.

A medida que la tecnología evoluciona, se hace hincapié en la computación integrada en las máquinas y la computación en la nube, entretejidas en redes cada vez más complejas y distribuidas.

La digitalización de los espacios urbanos se ocupa de la integración perfecta de personas, organizaciones socioeconómicas, gobiernos y otros actores en redes complejas en un territorio compartido, orquestadas por tecnologías de la información y la comunicación (TIC).

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Los retos y las oportunidades
de la digitalización urbana.

Luís M. A. Bettencourt, director del Mansueto Institute for Urban Innovation de la Universidad de Chicago, menciona en su documento The Digital Transformation of Metropolises (Metropolis Observatory, 2019) tres grandes desafíos para la digitalización de las áreas urbanas.

▖El primero consiste en mejorar las competencias de servidores públicos mediante la formación continua.

Como resultado de una cultura tradicionalmente reacia al riesgo, los gobiernos locales a menudo luchan por atraer y retener talentos con experiencia relevante y promover su creatividad.

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Esta cultura puede estar reñida con el ritmo de la innovación en el sector privado, donde los trabajos también pueden ser más atractivos desde el punto de vista financiero, privando potencialmente al gobierno de la imaginación y la capacidad críticas.

Algunas ciudades han desarrollado soluciones que brindan incentivos para el aprendizaje y la innovación al asociarse con instituciones de investigación y educación.

Esto localiza los datos del gobierno central y permite desarrollar y poner a prueba políticas basadas en datos, mientras promueve la innovación e integración nacional.

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La inversión en el capital humano es tan importante como la tecnología para crear ciudades económicamente dinámicas.

El segundo desafío destaca el uso de los datos y las nuevas tecnologías para apoyar y transformar la planificación estratégica en áreas urbanas y promover la coordinación de las múltiples partes interesadas.

En este sentido, los gobiernos deben actuar para equilibrar —no detener— la innovación, la disrupción y el espíritu empresarial con la seguridad pública, la privacidad, el acceso universal y el bien social.

Las empresas han sido particularmente rápidas y efectivas en el uso de tecnología y datos para crear nuevos servicios, como los asociados con la economía colaborativa.

Sin embargo, su actitud disruptiva puede estar en desacuerdo con los gobiernos, quienes están comprometidos con servicios más universales y predecibles que pueden apoyar a poblaciones enteras.
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Ciudades como San Francisco, Chicago, Seúl y Ámsterdam están aprendiendo a utilizar su poder de adquisición y concesión de licencias para exigir modelos comerciales que funcionen más en el interés público y produzcan información abierta.

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El tercer desafío es lograr que el gobierno vea el valor estratégico de los datos abiertos y acoger las aportaciones y el análisis de los ciudadanos hacia la creación de bienes públicos.

Solo entonces, las áreas urbanas podrán volverse creativas en el uso de nuevas oportunidades tecnológicas, a medida que las organizaciones cívicas y los individuos adquieran la capacidad de presionar a sus gobiernos para identificar nuevas necesidades y oportunidades.

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Esto es un reto porque los organismos especializados no suelen compartir los datos, particularmente cuando se trata de métricas de desempeño que pueden arrojar una luz dura sobre sus operaciones o estructuras de costos.

Estos asuntos culminan
en interrogantes sobre
quién es el propietario de los datos
y quién se beneficia de su uso.

Los datos como bien público requieren de la administración y el poder de ejecución de los gobiernos, especialmente los municipales.

Mantener comunidades tecnológicamente activas puede hacer que los gobiernos locales y las empresas empiecen a divulgar información al público, incluidos datos policiales y criminales, violaciones de edificios, condiciones ambientales y más.

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Las colaboraciones en red con universidades, instituciones de investigación y educación, asociaciones público-privadas y agencias internacionales también pueden ayudar a los gobiernos locales y regionales a adquirir capacidad y conocimientos para crear una estrategia de mentalidad pública.

Por otro lado, algunas de las oportunidades más interesantes tienen que ver con el uso de los datos para mejorar la coordinación tanto de las operaciones existentes como para los objetivos estratégicos a largo plazo.

A nivel local, esto puede incluir un manejo óptimo del transporte y los usos de la tierra, pero cada vez más también la gestión ambiental de los ecosistemas de agua, aire y suelo y cuestiones relacionadas con la adaptación y la resiliencia climáticas.

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Los desafíos para la digitalización de las metrópolis están relacionados con el desarrollo de competencias, la coordinación de múltiples partes interesadas y la aceptación de las aportaciones y análisis del público.

Describir la dinámica de una ciudad —su ritmo cardiaco— es un paso crucial tanto para comprender la actividad humana en entornos urbanos como para planificar y diseñar ciudades en consecuencia.

La lectura e interpretación de los datos a gran escala permite plantear soluciones específicas a los problemas reales que aquejan a sus habitantes. Después de todo, son ellos el corazón de la ciudad.
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