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TECNOLOGÍA

IMPENSABLE

Un implante cerebral plantea la posibilidad de comunicarnos telepáticamente, controlar los dispositivos con el pensamiento, curar enfermedades mentales y mucho más.¿Logrará lo inconcebible?

Por: Fernanda Kuri Swipe

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Los avances tecnológicos tienden a provocar posturas radicalmente opuestas. Por un lado, está la desconfianza ante lo que parece inconcebible y el rechazo al poder desmedido que ejerce la industria sobre nosotros.

Por el otro, la fascinación por explorar el alcance humano y la abrumadora esperanza de que estas innovaciones incrementen nuestra calidad de vida.

Elon Musk es el epítome del eterno optimista. El físico multimillonario hizo su fortuna como fundador de la compañía de pagos en línea PayPal y, desde entonces, ha expresado su intención de revolucionar desde la conducción urbana —con vehículos autónomos— hasta nuestra misma existencia como humanidad, buscando colonizar Marte y convertirnos en una especie interplanetaria autosustentable.

Recientemente, Musk hizo público su deseo de conquistar, quizás, su objetivo más ambicioso a la fecha: el cerebro.

 

Escalar sin miedo. Escribir solo pensándolo. Mover un cursor por la pantalla con la mente. Descargar un nuevo idioma directamente en nuestro cerebro. Intercambiar pensamientos con otra persona sin hablar.

Respaldar los recuerdos en una unidad externa. Descargar la conciencia en un robot. Curar la ceguera, la parálisis, la sordera y una docena de enfermedades neuropsicológicas.

Esas son solo algunas de las aplicaciones que Elon Musk y su empresa de neurociencia Neuralink, fundada hace cuatro años, creen que podrían conseguir mediante el desarrollo de un dispositivo que permitiría conectar a internet el órgano más complejo del ser humano.

 

Que quede claro que, pese al velo de escepticismo, la tecnología de Neuralink es impresionante.

Se trata de un implante cerebral que permitiría a una persona enviar de manera inalámbrica actividad neuroeléctrica a cualquier dispositivo digital, desde prótesis robóticas hasta automóviles inteligentes.

Consta de unos hilos flexibles, más delgados que un cabello, que portan en su interior 1,024 electrodos que se conectan al cerebro a través de la tecnología láser y recogen la actividad cerebral.

Los hilos forman parte del Link, un dispositivo de 8 mm de circunferencia que se inserta en la coronilla y reemplaza una parte del cráneo.

No es una idea nueva, pero el Link es menos invasivo y dañino que otros sistemas. Requiere de una cirugía ambulatoria ejecutada por un robot, pero a diferencia de otros sensores, es delgado, flexible y está diseñado para ajustarse a la topografía montañosa del cerebro.

Sus filamentos se hunden en el tejido cerebral, formando un cableado que evita los vasos sanguíneos, reduciendo los aspectos negativos en caso de respuestas inflamatorias.

Además, su estructura permite la captura de más datos que las matrices planas que se encuentran en la superficie del cerebro. Una vez perfeccionado, dijo Musk en su anuncio, el cerebro anfitrión “lograría una simbiosis con la inteligencia artificial”.

Si bien esas podrían ser soluciones a los desafíos de biocompatibilidad —el Link aún no ha sido probado en humanos—, no responden a la cuestión de la longevidad:

¿soportará la prueba del tiempo?

Considere que el cerebro es un entorno hostil y salado que corroe la mayoría de los metales. Su forma de combatir a los invasores es rodeándolos con una especie de guata llamada glía, la cual, eventualmente, anularía la capacidad de registro de los electrodos.

Neuralink aún está buscando materiales resistentes que no activen esa respuesta protectora.

Y ese ni siquiera es el mayor reto. Los neurocientíficos aún están lejos de comprender todos los tipos de neuronas y cómo funcionan en conjunto.

Sí, pueden medir las señales que captan los electrodos, pero extraer su significado es otro problema.

Es posible colocar un electrodo en una sola neurona y monitorear lo que hace durante horas o días cuando se le presentan diferentes estímulos: un patrón de cuadrados, un color o una tarea.

Incluso es posible construir un modelo de lo que hará esa neurona en el futuro (u otras con las que se comunica). Pero ¿Cómo se traduce todo eso en memorias, pensamientos y sentimientos?

En este momento, los implantes neuronales conectados a las computadoras pueden aprender a asociar las señales salientes con intenciones específicas, pero el portador tiene que entrenar para emitir los tipos de señales que el aparato comprende.

Eso sí, Neuralink tiene más y mejores electrodos que podrían refinar el proceso.

 

Ahora, comunicarnos con telepatía y almacenar externamente nuestros recuerdos es pedirle a Neuralink que comprenda, registre y transmita el sustrato neuronal del pensamiento.

Y todavía nadie sabe cómo hacer eso.

El simple hecho de poder registrar la actividad eléctrica del cerebro mientras piensa o recuerda no equivale a registrar el pensamiento real.

A Musk parece no importarle demasiado. Él mismo ha apuntado que, para formar parte de su equipo, no es necesario tener un conocimiento previo del cerebro, sino que este puede adquirirse en el camino.

 

 

Esto explica que crea posible no solo leer sino escribir sobre el cerebro como lo haría sobre una computadora. Sin embargo, la escritura neuroeléctrica es muy distinta de la digital.

La principal técnica que existe para escribir información es la estimulación eléctrica, aún muy imprecisa. Los axones, las conexiones de proyección larga entre neuronas, tienen un umbral de activación más bajo que las propias células.

Enviar un pulso de señal a través de los electrodos del Link activa una malla de conexiones —esto es, muchas células— antes de alcanzar a la neurona objetivo, suponiendo que se sepa exactamente a cuál apuntar.

Obviamente, Neuralink emplea a neurocientíficos que entienden de biología. Pero Musk es un tecnólogo, posiblemente el ejemplo más conocido del poder de la ingeniería para hacer realidad las ideas grandiosas.

La neurociencia, como gran parte de la innovación médica, tiende a ser progresiva y cautelosa, un enfoque incompatible con el lema de Silicon Valley: move fast, break things (muévase rápido, rompa cosas).

Además, los fundamentos científicos de los cohetes y los motores eléctricos ya estaban desarrollados cuando él diseñó sus propias versiones.

En cambio, la neurociencia ni siquiera tiene una teoría coherente de la conciencia todavía.

Entonces, construir un dispositivo para leerla o escribirla en un robot resulta poco viable, por lo menos en las próximas décadas.

 

 

Ahora, eso no significa que sea imposible en el futuro.
El Link es un punto de partida
para un nuevo tipo
de interfaz cerebral.

A medida que su tecnología se desarrolle, podrá incrementar los canales de comunicación con el cerebro, accediendo a áreas desconocidas y a nuevos tipos de información neuronal.

El objetivo inicial de Neuralink es ayudar a las personas con parálisis a recuperar la independencia a través del control de sus computadoras y dispositivos móviles, otorgándoles la capacidad de comunicarse más fácilmente mediante la síntesis de voz o texto, para satisfacer su curiosidad en la web o expresar su creatividad con el uso de aplicaciones de fotografía, arte o escritura.

Eso, si nos pregunta, es todo el optimismo que necesitamos. El resto aún es ciencia ficción.

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