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Memoria épica noviembre 11, 2018 9 min.

Colonia Roma, delegación Cuauhtémoc, inicios de los 70. El señor de los camotes transita por las calles con nombres de urbes del interior de la República: ciudades en donde, se dice, el fundador del barrio habría tenido éxito con la gira de su circo a principios del siglo XX. Una banda de guerra también hace su recorrido a paso marchado, abriéndose camino entre las filas de coches Volkswagen estacionados en cada flanco. Las paredes externas de varias casas tienen pósters que incitan a votar por Luis Echeverría para la presidencia del país, mientras que las internas aún lucen algunos de los “México68” psicodélicos de Lance Wayman. En el cruce de las avenidas Insurgentes y Baja California, mientras tanto, se alza el cine Las Américas, con su dulcería y su puesto de revistas, donde se leen títulos como Audaz, Caballero, èl…

Tal era la ciudad que evocaban el director Alfonso Cuarón y el diseñador de producción Eugenio Caballero en aquellas primeras pláticas de las que germinaría la película Roma: charlas sobre su infancia, que a su vez los lanzarían a un recorrido por la capital para hallar una forma de traer esas imágenes de vuelta a toda costa. Cuarón, por un lado, recordaba su vida en la casa de la calle Tepeji, en la que vivió con su madre, sus tres hermanos y su nana de origen mixteco, Libo. Dichas memorias, por otro, despertaban inevitablemente las de Caballero, quien, con unos años de diferencia, pasó buena parte de su niñez a unas tres cuadras de ahí, en la calle de Quintana Roo, donde estaba la casa de sus abuelos.

La película surgió de conversaciones, nos dijo el diseñador de producción. Ésta era una de las cosas que más me gustaba. Ni siquiera habíamos visto imágenes: Alfonso me hablaba de sus recuerdos y esa era mi guía. A partir de ahí hicimos una investigación extensísima.

Roma acabaría por formarse en un 90% de las memorias de Cuarón, tras años de permanecer como una semilla. Es la película que el director mexicano había querido filmar después de Niños del hombre (2006); sin embargo, situaciones personales le impidieron hacerlo en ese momento. “Quizá fue lo mejor”, dijo al presentar pietaje exclusivo a medios mexicanos, antes de irse a los festivales de Toronto, Venecia y Telluride con la cinta.

Porque necesitaba este tiempo para madurarla.

Por una década, Roma se mantuvo como una ilusión: la de contar una historia centrada en su niñez, especialmente en el papel que jugó Libo, como una suerte de madre sustituta. Cuando llegó el momento oportuno, el proceso de preproducción fue muy distinto al de sus cintas pasadas: lo relevante, esta vez, no era la anécdota de los personajes ni el relato en sí, sino la recuperación de la esencia de las memorias y de los espacios. “Hablábamos de a qué escuela habíamos ido, cosas así”, nos dijo Caballero, quien no vio el guion sino hasta que estaban a punto de filmar, con muchas de las locaciones ya construidas y ambientadas. “Nació prácticamente de las memorias”.

La recreación detallada y fiel de ese pasado personal, sin embargo, no tardó en convertirse en una epopeya. Roma calca la cotidianidad de un hogar entre 1970 y 1971, pero no puede hacerlo sin recuperar a toda una nación. Porque la memoria de un niño es la de una familia, y la de una familia es la de una ciudad, y la de una ciudad es la de un país.

La superproducción de lo íntimo

En su camino como cineasta, Alfonso Cuarón ha trabajado principalmente fuera de México. Roma es la primera producción mexicana que dirige desde Y tú mamá también (2001), el roadtrip que, después de lo que él consideró el fracaso de su adaptación de Grandes esperanzas, lo reencontró consigo mismo como autor. Este regreso cinematográfico, por el contrario, sucede después de una consolidación en el panorama de Hollywood: su Oscar a Mejor director por Gravedad. ¿Qué seguía? Traer su realismo espectacular para acá.

Algo que me daba ilusión y que pensaba cada vez más mientras hacía Gravedad, reveló Cuarón, era que quería tomar las herramientas que había tenido el privilegio de usar en grandes producciones para tenerlas al servicio de otro tipo de historia. Para mí fue un reto mayor que Gravedad, porque en ésa era una cuestión de imaginación y mucha investigación. Acá yo conocía cada detalle de las cosas que quería reproducir.

Con sus altos valores de producción y obsesión por el detalle, Roma revive el pasado tal y como solemos revisitar nuestros recuerdos más memorables: de forma épica y precisa, sin importar si son muy personales o “pequeños”. Fue rodada en 65 milímetros, los efectos visuales –extensión de cielos y sets– fueron hechos por MPC (empresa que hizo los efectos de El libro de la selva), el trabajo en blanco y negro se hizo en Technicolor y la mezcla del sonido se realizó con la tecnología Dolby Atmos, con la que Cuarón hizo sonar el vacío del espacio en 2013.

Fue el sonido más complejo que he hecho. Se mezcló en el doble de tiempo que Gravedad. Queríamos recuperar la esencia sonora de la ciudad. La idea era no estar satisfechos hasta que incluso pudiéramos sentir los olores, nos dijo.

Los lugares, sin embargo, representaron el mayor reto y triunfo: aquello que convierte a la cinta en una verdadera máquina del tiempo. En un principio, Caballero y Cuarón querían rodar todo en espacios reales, pero pronto se dieron cuenta de que era imposible. “Han pasado 50 años y la ciudad tiene otro rostro”, nos dijo Caballero.

Sucedió el terremoto del 85 y es como si en los 70 hubiéramos querido encontrar la ciudad de los años 20. Nos dimos cuenta de que si queríamos hacer una recreación meticulosa, íbamos a tener que construir desde cero algunos.

Entre las locaciones reales que fueron modificadas se encuentran la calzada México-Tacuba –donde recrearon parte de la matanza de Corpus Christi y reconstruyeron una mueblería que existía ahí–; una bodega olvidada del Centro Médico en donde se recreó un piso del hospital; así como la calle de Tepeji, donde recubrieron muchas fachadas e hicieron un pequeño cambio: para las secuencias que suceden en el exterior de la casa, no filmaron el número 21, donde vivió Cuarón, sino la casa de enfrente (a la que transformaron por fuera), pues tenía mejor luz.

Por otro lado, el cruce de las avenidas Insurgentes y Baja California –donde la protagonista apresura el paso en una de las escenas más icónicas–, sí fue construido en su totalidad en Vallejo: con su Banca Serfín, su cine Las Américas, sus taxis de época. Este set, “el más grande” en el que ha trabajado Cuarón, según sus propias palabras, medía 200 metros y abarcaba dos cuadras enteras.

El set más complejo y representativo del realismo fue, sin embargo, la casa, una réplica exacta de aquella en la que crecieron los Cuarón. Aunque el cineasta buscó fidelidad total a las memorias de su niñez, la producción no pudo filmar en los interiores del inmueble real en Tepeji, pues no existían las condiciones propicias. En su lugar se acondicionó una casa de la colonia Narvarte a punto de demolerse: se modificó su estructura con unas ranuras en el techo rumbo a la azotea y se colocaron paredes movibles que, cual guillotinas, se desplazaban de arriba a abajo en unos rieles.

Era una maquinita para hacer cine, donde podíamos iluminar como queríamos y meter la cámara. Queríamos tener la sensación de ladrillo que no te da un foro, dijo Caballero.

Según el diseñador de producción, esto también facilitó el trabajo de Alfonso Cuarón, quien además fotografió la cinta –en colaboración con el joven talento, Galo Olivares–, debido a que Emmanuel Lubezki no contó con disponibilidad. Su visión de planos secuencias y tomas abiertas siempre exigió recreaciones perfectas de los espacios, pues todo quedaba a cuadro.

Juguetes, marcas de productos y demás objetos de la época fueron recreados por el equipo de arte –algunos con modificaciones en su color y brillo para que lucieran en el blanco y negro–, pero otros fueron auténticos. El 80% de los muebles son los mismos que existían en la casa de Cuarón, recuperados después de que fueron diseminados por la familia en cinco estados de la República. “Hubo un trabajo de cierta forma arqueológico”, reveló Caballero.

Además mandamos a hacer las mismas losetas pintadas a mano. Todas las del patio las pusimos nosotros.

La exactitud incluso se extendió a los actores que interpretaron a la familia, idénticos a los miembros reales.

Un día recreé una foto familiar con el elenco y se la enseñé a mis hermanos. Al principio ellos pensaron que era la misma foto que ya conocían, no se dieron cuenta de que estaban viendo a actores y no a ellos mismos, dijo Cuarón, riendo. Para nuestros amigos de producción [el rodaje] fue algo más que un reto, fue algo insoportable, yo creo.

“Siempre estamos solas”

Adquirida en marzo pasado por Netflix, Roma también es el homenaje que el director mexicano le hace a dos mujeres que fungieron como pilares de su hogar: su madre (interpretada por la actriz Marina de Tavira) y su nana (encarnada por Yalitza Aparicio). Ambas existen al mismo tiempo en tensión y alianza, en estratos y jerarquías distintas, pero con la misma causa que finalmente las iguala. “[La película] es sobre la unión entre mujeres, ligadas por un fin común, en este caso el amor de una familia”, le dijo Aparicio a Jezebel recientemente.

El contraste de la dupla también se extiende fuera de la pantalla, lo que alimentó una dinámica diferente en el set, centrada más en vivir y reaccionar con la situación presente (ningún actor leyó el guion). Mientras Marina es una actriz de larga formación teatral, Aparicio es una joven oaxaqueña de 24 años, exmaestra de preescolar, que nunca había actuado –pero que ya es mencionada como una de las actrices que podrían ser nominadas al Oscar–. «Viví la historia de Libo como si fuera la mía», le dijo a Jezebel.

A través de ambas, Roma revive una ciudad y un país que ya no existen, pero que en esencia son los mismos. “Es impresionante ver que las cosas no cambian”, dijo Cuarón.

Y me refiero a las dos partes de un país y de sus familias: a la amorosa y a las llagas que también pueden dejar.

Hay belleza y caos, manipulación política y lucidez, machismo y mujeres que inspiran, esperanza y represión a estudiantes. Roma trae de vuelta un pasado que sigue existiendo, bailando eternamente como los personajes de Marina y Yalitza sobre esos dos elementos cuya tensión constante da forma a nuestro tejido social: soledad y solidaridad.

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