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El Izta visto desde el parapente

Un viaje corto, desde la CDMX, es el Izta. Sin embargo, no es apto para todos, menos si se quiere disfrutar desde las alturas. Por esto te traemos estas postales y la experiencia de los atletas que realizaron este ascenso.

Por: Marcos Ferro / Fotos: Marcos Ferro Swipe

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❆ Eran alrededor de las seis de la mañana y la luz que irradiaba la mancha urbana de la Ciudad de México me recordaba la proximidad de la civilización.

Todo lo demás a mi alrededor era inhóspito (hielo, rocas, nieve) y nos invadía una sensación avasallante de soledad.

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Estábamos en medio de la nada.
La luz de las millones de casas pintaba un gradiente dorado que se desvanecía hacia el negro de la noche, que a esta altitud, era tan oscuro que nos dejaba distinguir la Vía Láctea.

El dolor en los pies a causa del frío no me dejaba dormir. Estaba acostado sobre un pedazo de colchoneta en la nieve. La idea de subir con poco equipo evitando cargar peso, no había sido buena.

Después de varios intentos de meditación inútiles, giré mi vista hacia mi compañero Paul, quien dormía profundamente dentro de su cálida bolsa de dormir. Tratábamos de pasar la noche en el improvisado campamento, en el pecho del Iztaccíhuatl.

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Las velas de nuestros parapentes fungían de tienda de campaña y habían sido lo suficientemente buenas para mantenernos en resguardo del frío y viento que azota a esta altitud.

Sin embargo, a poco más de 5,000 metros de altura, seguí extrañando enormemente ese par de calcetas abrigadas que dejé en el estacionamiento de La Joya, más de 1,000 metros abajo.

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Amigos por aventura Paul y yo teníamos poco de conocernos. Originario de Austria, estaba de visita en México por segunda ocasión.

Cuando lo conocí era un experimentado escalador, ciclista de montaña y maratonista. Había vivido en Puebla por cuatro meses y durante su estancia había ascendido el Iztaccíhuatl.

En esta segunda visita, casualmente diez años más tarde, Paul Guschlbauer regresaba convertido ya en una de las grandes figuras del parapente mundial, después de haber obtenido el tercer lugar en una de las competencias más importantes, el Red Bull X Alps, que recorre 1,000 kilómetros desde Salzburgo hasta Mónaco, en la cual los participantes corren por las montañas y vuelan en parapente.

Con ese perfil
fue más que fácil

convencerlo de unirse
a esta aventura

en los míticos volcanes
de México.

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Fue así que tras una breve parada en Amecameca, llegamos ya en la noche al Parque Nacional Izta-Popo Zoquiapan, el cual se encuentra en una de las áreas protegidas más antiguas de México. Dejando atrás Paso de Cortés, continuamos hasta el estacionamiento de La Joya, donde comenzó la caminata.

Tomamos la ruta clásica de ascenso por “las rodillas”, una de las más transitadas en esta montaña. Lo maravilloso de esta vía es que durante casi todo el ascenso, basta voltear hacia atrás para ver el Popocatépetl con su figura cónica imponente y, casi siempre, acompañado de su peculiar fumarola que aunque inofensiva, se ve amenazante.

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A paso tranquilo, tratábamos de que nuestros cuerpos pudieran aclimatarse el ligero aire de las alturas.
La noche era fresca, pero con el movimiento, incluso podía sentir calor.

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Al llegar al primer portillo, parada obligada para comer algo y disfrutar de la vista, como un literal regalo del cielo, quedamos hipnotizados con una lluvia de estrellas sobre la silueta de “Don Goyo”, cuyo cráter resplandeciente de lava coloreaba de rojo el horizonte.

Dentro de la oscuridad total de la noche, alcanzamos a distinguir la silueta de una cruz, que nos recordó que la montaña es un ambiente hostil. Y me puse a pensar que nuestro plan de volar en parapente desde la cumbre de Izta, quizás era una idea algo descabellada, pero para nosotros este tipo de aventuras tienen un valor incalculable, es lo que le da sentido a la vida.

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❆ A la espera del alba

Eran las tres de la madrugada y estábamos ganando altura, pero aún nos quedaba un buen trecho por recorrer sobre el glaciar. Aunque la caminata ahí puede ser delicada, con el frío de la noche, el hielo se endurece que ayuda a progresar más rápido que cuando hay nieve blanda, en la que se hunden los pies.

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Sabiendo que al movernos calmaríamos el frío, comenzamos rápidamente a montar un campamento. Habíamos imaginado el frío, pero es hasta que uno lo vive en carne propia que se dimensiona.

También habíamos imaginado que al día siguiente, las condiciones de viento serían favorables para volar. De no ser así, todo este esfuerzo sería en vano, y se convertiría en otra interesante ascensión nocturna al Iztaccíhuatl.

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El calor de los primeros rayos en la cara me hicieron volver a creer que nuestro plan era posible. Paul despertó como si hubiera dormido en un hotel de cinco estrellas (diría que fueron más), y literal, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba listo para volar.

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Parecía como si conociese ese lugar a la perfección, o por lo menos, como si tuviera un radar para saber cuál era el mejor punto para despegar.

No estoy seguro si era la humildad que caracteriza a los grandes atletas o una especie de ritual, pero la calma y precisión de sus movimientos llamaron mi atención.

Corriendo hacia el vacío

Mientras acomodaba mi ala junto a la suya, Paul se volteó y con mirada compasiva me preguntó: «¿Está muy fuerte el viento para ti?». En mis adentros, agradecí su preocupación y con un gesto le hice saber que estaba listo.

La belleza del paisaje desde la cumbre del volcán era algo sin igual. Volteando la mirada hacia mi parapente, jalé con fuerza las líneas de nylon, la vela se infló con fuerza rompiendo el silencio como un trueno. En un segundo estaba inmóvil y lista como tantas otras veces sobre mi cabeza, esperando la orden de mis piernas para correr y saltar al vacío.

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Todo parecía suceder en cámara lenta: mis pies golpeando el hielo, corriendo a toda velocidad hacia la nada, con la esperanza de quedar suspendido en el aire sostenido por mi vela y volando.

En ese momento ya no existía Paul, ni la noche fría, ni los calcetines calientes… nada.

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Estaba volando en el fino y puro aire de los volcanes, sobre un interminable manto interminable de nubes. Pero de repente, este shock de emoción y adrenalina se calmó y pude ver toda nuestra trayectoria de ascenso, durante seis horas, en la noche.

También pude distinguir a Paul en el aire junto a la montaña, parecía como si jugara con ella, con sus laderas y salientes. ¡Lo estábamos logrando!

❆ Aterrizajes humanos

Paul es veloz, y a pesar de que intentaba seguirlo, mi vela, más lenta, me dejaba más alto y atrás.

Abajo, unos grandes nubarrones se acercaban a la montaña y perder visibilidad del aterrizaje no era una opción. Pero en la montaña el clima y las condiciones pueden cambiar de un momento a otro.

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Con suerte para nosotros fue para bien, los vientos se calmaron y las nubes dejaron de subir. Volamos y volamos a lo largo de la montaña. Jugando con su relieve y su figura.

Paul seguía muchos metros delante y debajo mío, y por un momento me preocupó que quizás no lograra cruzar hacia el punto de aterrizaje. Podría quedarse en una ladera o expuesto a vientos cruzados, en el mejor de los casos.

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El parapente puede ser un deporte fatal. Nada de esto sucedió por fortuna; en una maniobra digna del agente doble cero, Paul cruzó la montaña saliendo disparado sin mayor problema, y bajando a punto del aterrizaje con unos giros en espiral.

La mitad de la aventura había sido un éxito, faltaba yo. Descendiendo poco a poco disfrutaba de la vista, pero con cierta dualidad de sentimientos, sabía que por un lado la aventura llegaba a su fin, en casi 35 minutos estaríamos de regreso en el auto. Por otro lado, habíamos logrado subir el Iztaccíhuatl y descender volando desde su cumbre.

Eso era increíble para empezar un día.

❆ Ya en tierra, después de haberlo logrado, ambos estrechamos las manos en símbolo de triunfo (los austriacos son muy fríos como para abrazarse). No habíamos ganado ningún trofeo ni competencia, pero la alegría era inmensa.

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La montaña no se trata de eso,
sino de vivir situaciones únicas.

Eran alrededor de las nueve de la mañana cuando entrábamos de regreso a la superpoblada Ciudad de México. El sol, alto en el cielo, pasaba desapercibido entre los millones de habitantes de la capital.

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