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Aventura

Burbujas de Granito en Chihuahua

Escalar representa un reto personal y una actividad grupal al mismo tiempo. Paraíso nacional del búlder (o escalada en bloque), Peñoles atrae a quien busca en la inmensidad escuchar sus propios latidos.

Por: Andrés Valencia Swipe

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Odio la lluvia. He huido de ella desde que tengo memoria. Todavía recuerdo con rencor abrir la puerta de mi casa para toparme con una pared de agua, y escuchar, derrotado, el mandato de mi madre: “ni pienses en cruzar el zaguán”.

Ahora no es su voz la que me impide salir, si no el golpeteo mecánico de las gotas de agua contra la tienda de campaña. Clac, clac, clac.

¿Llovió toda la noche?
Alcanzo el cierre de la puerta y al abrirlo me invade la zozobra del mal tiempo.

Todo está mojado: desde los pocillos y ollas junto al espeso lodo negro que rodea la fogata, hasta el árido suelo del desierto chihuahuense en el que acampamos.


|Las mañanas|

El aire frío y un suéter húmedo me despiertan de lleno mientras salgo de la tienda. Soy el primero en levantarse, así que me toca empezar a hacer el desayuno. Hot cakes y café, con un plato de cereal de postre. El aroma del café y las pausas cada vez más largas del sonido de las gotas de agua animan lentamente a los demás a salir de sus refugios de lona.

Primero Rodrigo, con todo y sleeping, seguido de Matías y Martha, cuyo entusiasmo sólo alcanza para abrir la puerta de la tienda. Uno a uno, los ocho fanáticos de la escalada en roca, que viajamos 12 horas de la Ciudad de México a Peñoles, enfrentaba su calado destino: no se va a escalar hoy.

Odio la lluvia.

Ayer no estaba así, tampoco antier.
¿Desde cuándo llueve en el desierto? El ubicuo sol del norte había dorado las primeras semanas del viaje, mientras el viento seco abarcaba todo.

Para escalar era ideal: el frío aumenta la fricción que tienen las manos con los agarres, formaciones en la superficie de la piedra como pequeños bordes, hoyos y  hojuelas, por los cuales se traza y sigue una ruta de subida, mientras que el aplomo del sol nos permitía estar cómodos al descansar.


|Los días|

Aunque empezaban con un desayuno sin prisas a mediodía, los días parecían calmados y largos. Durante un rudimentario lavado de platos y sartenes con agua y papel, se iba elaborando un plan de acción. Tratábamos de visitar los proyectos de cada quien, rutas delimitadas de agarres en piedras específicas, donde el objetivo principal no sólo es ascender, sino hacerlo de la manera más difícil posible, por lo que extendíamos, hasta muy entrada la noche, las horas útiles del día con lámparas portátiles.

De regreso en el campamento,
la frustración de unos
y la inconmensurable alegría de otros,
según quienes hayan logrado
escalar su proyecto sin caerse,
acompañaba una fogata adornada
por un millar de estrellas en el cielo.

El día de hoy tiene un tono más sombrío. No es ninguna sorpresa: a nadie le gusta que su silla amanezca empapada, más cuando esa silla es en realidad una piedra y no una silla.

Por suerte, en Peñoles se practica búlder, una modalidad que consiste en escalar piedras o bloques de entre dos y quince metros sin cuerda, así que siempre se llevan colchones portátiles (crash pads): amortiguan las caídas y hacen las veces de camas y sillones.


|El paisaje|

Nadie trata de ocultar su mal humor, y aunque el ir y venir de los termos calientes lo apacigua un poco, no logra desaparecer la pesadumbre. El cielo gris ensombrece las enormes burbujas de granito que hoy no podremos escalar, apiladas en montones gigantes a nuestro alrededor.

Hay piedras ubicadas tan lejos como alcanza la vista, montadas unas en otras como formando un laberinto interminable de túneles y cavernas.

El agua y la falta de luz engañan a la percepción, y lo que la distancia disfraza como diminutos cantos rodados, la exploración de los días previos delata colosales catedrales prehistóricas, amontonadas irregularmente como un juego de canicas titánico.


.

|Los retos|

“¿Me pasas la lima?”. Matías se ha limado las yemas de los dedos metódicamente desde que llegamos. El desayuno o la fogata nocturna son sus momentos predilectos para hacerlo. No es el único.

Nuestras comidas, dos diarias, están plagadas de instrumentos de manicura cavernícola. Tijeras, cinta, ungüentos y limas de múltiples colores y tamaños pasan de mano en mano en un intento desesperado de salvar la poca piel que queda con el pasar de los días.

El áspero granito,
plagado de cristales afilados, tritura
cada centímetro de piel que toca.

Enrojecidas y en carne viva,
las yemas de los dedos
son lo que más cuidamos,
temerosos de que una cortada
nos impida seguir escalando.

El campamento se anima un poco porque el cielo está menos gris. Yo lo veo igual: gris, gris oscuro y gris. Sólo cambió el viento que ahora está más fuerte y frío. Sustituyo mi suéter húmedo por una chamarra de plumas y alcanzo a escuchar que ya vamos a salir rumbo a los bloques.

¿Estará seco mi proyecto?
Desde hace tres días que lo he estado intentando, o más bien, desde hace tres días que me he estado cayendo de él, siempre en el mismo lugar, siempre en el último movimiento.


.

|Instrucciones para “volar”|

Toma los agarres de inicio y pon el pie derecho alto, en el pequeño cuadrado negro que sale de la pared.

Tensa el abdomen y jala la piedra hacia ti, cargándote sobre el dedo gordo del pie para levantarte del piso.

Suelta la mano derecha y estira el brazo hacia el primer agarre, girando la cadera hacia el piso para montarte bien sobre el pie.

Asegúrate de poner el dedo índice en el cristal de cuarzo que tiene ese agarre.

Sube el pie izquierdo junto a tu mano izquierda en un movimiento rápido para no cansarte.

Respira…

Tengo la secuencia de movimientos necesaria para escalar este pedrusco completamente grabada en mi cerebro.

De manera obsesiva, recreo en mi mente esta sucesión de instrucciones cientos de veces al día, llegando incluso a soñar con ella.

  . .   Me detengo en cada detalle, por más mínimo que sea, como elaborando una receta de cocina para alguien que nunca ha visto un sartén, o usado fuego para guisar.


|Los enredosos pasadizos|

“¿Sí era por aquí?
¿No había que pasar atrás de esa piedra?”.
“Es igual: salimos al mismo lugar”.

Navegar los enredosos pasadizos de piedra es un poco desconcertante, tanto así que dicen que Villa y sus tropas los usaban para esconderse durante la Revolución, y, antes de él, algunas pinturas de posible origen toboso atestiguan el carácter misterioso de estos enmarañados callejones.

Pasamos por abajo de una piedra, entrando a un túnel del tamaño de un autobús, y como fue anunciado, salimos al mismo lugar.

“¿Ves? Ahí arriba está el Cactus Rasta”. Así nos guiamos. Usamos piedras que conocemos como nuestro hilo de Ariadna.

Los nombres vienen de rutas para escalar que hay en ellas:
* Pancho Villa
* Itacate
* Tal Juan, entre otras.

Los rumbos los ha escogido Hanson, quien ha escalado casi todo lo que hay en Peñoles.

.

Diego, Hanson, López parece una persona extraña, pero quizá no lo sea tanto. Para la gente del ejido de Iturralde, el pueblo en donde se encuentra Peñoles, ha de haber parecido un muchacho con pelos locos, que en el invierno de 2003 decidió acampar de tres a cuatro meses en el rancho de Élfido Bailón, El Toro Pesado, perdido entre las piedras.

Diego me dijo alguna vez que encontró las pelotas de granito en una revista turística, quizá México Desconocido. Un reportaje de senderismo y un par de fotos del lugar fueron suficientes para convencerlo de explorar la zona.

Año con año, ese muchacho loco volvió a este pueblo perdido en el municipio de Coronado.

Mientras escalaba proyecto tras proyecto,
se corría la voz, poco a poco,
del “parque de diversiones”
que había encontrado.

Tal vez eso es lo que parece extraño: que años después, solo o acompañado, siga viniendo a pasar el invierno entero en este rancho, en el que dice ya haber celebrado más navidades con El Toro Pesado que con su familia.

Quizá lo extraño sea que ahora no es sólo él,
sino varias decenas de muchachos
con pelos locos quienes lo acompañan
cuando acampa entre las piedras.


|Otra oportunidad|

“Dale ya,
antes de que se te vaya el aire frío”.

La voz de Matías me saca del trance de ensayar los movimientos mentalmente. Veo mi proyecto, al que llegamos hace una hora. Por suerte no se mojó, aunque quien sabe si aguante otro día de lluvia. Sentado en el crash pad, miro de cerca otra vez cada saliente de la piedra, palpando donde tengo que poner cada dedo y en qué posición.

Me siento cansado.

Me pesan los brazos de tres días de repetir los mismos pasos, una y otra vez, esperando que se faciliten.

Hoy se sienten más difíciles.

El grueso edredón gris que revestía la bóveda celeste en la mañana se había disuelto mientras caminábamos, aunque aún quedaba una gran sábana de nubes blancas.


Miro hacia arriba, tratando de ver el último agarre al que no he podido llegar sin caerme; ese último agujero, en la que apenas cabe una falange y media del dedo medio y el anular, que se me ha escapado por tres días.

Mis dedos protestan el tomar los agarres de inicio, y el dolor en las yemas me recuerda que no me quedan muchos intentos hoy.

Tratando de no pensar en eso, pongo el pie derecho en ese diminuto cuadrado de granito al que voy a cargarle todo mi peso y visualizo una vez más el último movimiento, estirando el brazo izquierdo en mi cabeza y cachando ese elusivo pocillo con los dedos.

Exhalo.

De manera mecánica, ejecuto la secuencia que tanto he ensayado en mi mente: dedo índice en el cristalito, pie izquierdo arriba, respira, fuerte el abdomen y toma el pequeño borde.

Uno a uno, los movimientos que he repetido hasta el cansancio quedan atrás y los agarres donde ponía las manos pasan a ser pisaderas.


Gira la rodilla, jala mucho con la mano derecha. El hoyo está ahí, esperando a no ser alcanzado, como ha hecho desde el primer día.

Sigo dándome instrucciones: sube el talón derecho junto a tu mano y clávalo en el piquito. Toma la hojuela que suena hueca pero no se cae. Ve el último agarre.

Avienta la mano izquierda hacia él, y engánchalo con los dedos.

“¡Venga!”.

Un grito unísono me sorprende.

Abro los ojos y veo mi dedo medio apenas agarrado de algo, usando todas sus fuerzas para no soltarse.

¿Es el último agarre? Sin pensarlo mucho aviento los pies hacia la izquierda, pisando lo que sea, y muevo la mano derecha a la orilla de arriba de la cara de la piedra.


Tomo lo que se siente como un buzón y elevo mi cuerpo por encima de la burbuja de granito que me quitó el sueño varios días.

¡Por fin, quién sabe cómo,
había logrado tomar ese último agarre!

Me quedo un momento encima de mi ahora antiguo proyecto, dejando que se me pierdan los ojos entre la infinidad de piedras alrededor.

El viento se siente más frío aquí arriba, pero no me molesta: desde aquí arriba parece como si ayer no hubiera llovido.

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