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Aventura

Camino Copalita en Oaxaca

Recorrimos un camino desde el punto más alto de la sierra oaxaqueña hasta su mar. Anduvimos la vereda que mantienen y comparten ocho comunidades organizadas. Aquí hay muchos Méxicos, y sólo están a un paso, a un cruce de río.

Por: Ana Elena Pola | Foto: Lorant Vöros Swipe

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“Cuenten. Cuando hayamos cruzado ocho veces el río, sabrán que hemos llegado al siguiente paraje”, nos dijo Marco, el biólogo guía y cofundador de Camino Copalita, antes de comenzar el trayecto con mayor dificultad de la semana.

Le creímos; él ha realizado el viaje muchas veces. Sin embargo, no ha contado bien: los cruces para llegar a Copalita son más, y crecen de manera exponencial cada que alguien lo recorre.

Como los brazos de río, las personas se cruzan en el camino y se funden y se separan de nuevo tocadas por el otro. El resultado será siempre aditivo: vidas, historias y proyectos más caudalosos, nutridos, nutritivos, perennes.

Andar el Camino Copalita es,
sin duda, un río en cauce, fértil,
ancho, limpio, lleno de vidas y cruces.
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|Primer cruce: caminata día 1

La aventura inicia, si una es poco desapegada, con el armado de maleta adecuada —“ligera”, con lo necesario para atravesar cinco ecosistemas—.

Llegar al punto de encuentro en la ciudad de Oaxaca y conocer a los guías, a los compañeros y hacer el repaso mental de lo que había que recordar empacar —sí o sí— mientras se aborda la camioneta y se comprueba qué no se trajo, también suma a la adrenalina.

El trayecto comienza con una parada en San José Cieneguilla, donde se comen los “mejores frijoles en caldo del mundo” —nos aseguró y cumplió uno de los guías—, con doña Juana. Luego se llega a San Juan Ozolotepec, después de cinco horas, aproximadamente, en camioneta.

Este lugar está a 3,243 metros
sobre el nivel del mar (msnm).
Es el punto más alto del recorrido.

La última parada-contacto con lo urbano: una tienda de conveniencia a un lado de la Catedral de la Sierra. La altura no puede ignorarse en este punto: la neblina envuelve el techo de la sacra construcción, la humedad escurre por las chamarras, suda la calle empedrada y el cabello de todos está incontrolable.

Arribo exitoso.

Las tiendas de campaña están ordenadas en fila, blancas, con impermeable, custodian árboles altos, verdes, en todos los flancos, en medio hay leña y un par de bancas, a un lado una mesa servida con platos de sopa y un grupo de señoras amables con sus hijos pequeños, chapeados, dan la bienvenida.

Estamos entrando a un cuento.
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|Segundo cruce: caminata día 2

Marco Antonio González estudió Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Se mudó a la ciudad de Oaxaca y fue entonces que se cruzó con los oaxaqueños: su participación fue fundamental para emprender el manejo comunitario del territorio.

Junto con otros, en 2001, participó en una propuesta: el Sistema Comunitario para la Biodiversdad.

Sugería que se reconociera el papel de las comunidades en la prestación de servicios ambientales (en mantener los ecosistemas) y se promoviera, como parte de ello, un verdadero intercambio cultural con quien los visita, una nueva forma de entender y vivir el turismo.

Se sumaron ocho comunidades donde prepararon a los primeros técnicos:

  • San Juan Ozolotepec
  • San Francisco Ozolotepec
  • San José Ozolotepec
  • San Felipe Lachilló,
  • San Miguel del Puerto,
  • Xadani
  • Benito Juárez
  • Santa Catarina Xanaguía

El proyecto creció y se sumó la Fundación Ford y así fueron invitados a exponerlo en el Banco Mundial.

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Marco es el corazón del proyecto, aseguran. El pegamento. Es una autoridad, el médico, el supervisor, un habilitador, el enlace.

 

Es el “Biólogo”, así lo conocen. Y si eso fuera poco, además le da tiempo para reírse e inventar apodos, para detenerse a media vereda y explicarnos el fenómeno del clivaje —que se observa en las láminas de piedra que conforman la sierra— mientras lo atendemos y, a la vez, clavamos las uñas en la empinada cuesta, que nos ha tomado tres horas de descenso, agradecemos la pausa.

Antes de reiniciar, él arranca una hoja
y la parte en pedazos:

“prueben, mastiquen: es poleo”.
¿Y qué hace un corazón sino repartir?

A nuestro paso hay hongos de varios tonos, oyameles, pinos, sol y algo de niebla. La energía está al máximo. Los termos llevan “agua cocida” con hoja de té limón.

Cuando el cuerpo está caliente por el ejercicio no hay mejor recurso para hidratarse que tomar agua hervida (té). Nada más cierto, aunque de inicio pueda dudarse.

Luego de casi seis horas, se llega al paraje de Rancho Obispo en San Francisco Ozolotepec que está a 2,900 msnm.


Justina es la gentil anfitriona en este lugar.
Junto con sus compañeras han preparado:

Caldo de ejote frijolero,
tortillas de maíz azul y
salsa de papa
(sí, leyó usted bien: de papa).

¡Y todavía falta el postre!

Plátano perón a las brasas
con miel de abeja.

Alrededor de la fogata aprendemos a pronunciar palabras en zapoteco, que yakunshiel significa loco, que San Francisco Ozolotepec tiene 1,500 habitantes y que las mujeres son quienes más producen.

Siempre he pensado que el olor a ahumado en la ropa es evocativo. De un lugar, días y gente en concreto.

San Francisco Ozolotepec huele
a ese humo-leña que cuece salsas
y camaradería
y acompaña el mezcal a tragos.

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Tiene también de ese humo-niebla que enfría la noche y la punta de los dedos hasta dejarlos dormidos. Entre su humo-nube asoma la sierra sus diferentes narices.


|Tercer cruce: caminata día 3

Manuel Rosemberg y un grupo de amigos trabajaban en la planeación de una ruta, que se realizara a pie, como una nueva forma de hacer turismo. El proyecto no se concretó y una amiga en común cruzó a Manuel con Marco Antonio al presentarlos.

“El hambre con las ganas de comer”,
“el cordón para la medalla”,
“dos gotas de agua”, escoja usted.

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El resultado fue
Camino Copalita.
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Manuel estudió Matemáticas en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, es asesor de proyectos sociales y ambientales, es preciso con las palabras, amable, observador.

Cuando se cruzó con Marco y concretaron el proyecto, explicaba a las comunidades:

“Un día va a venir la gente a querer andar sus caminos, sus veredas, a aprender como se organizan…” y muchos dudaron. Hoy ya no.

Lo conveniente de haber comido tan rico y tanto en la víspera, es que quizá rebotemos grácilmente cuesta abajo las nueve horas de recorrido que para este día están asignadas. Interrumpe esta (infame) idea una, dos, tres… inquietas parvadas de colibríes que visitan el jardín frente a nosotros. “Adiós y gracias, Justina”, nos abrazamos.


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Nos dirigimos hacia San José Ozolotepec, que está en el fondo de la cañada. Antes de descender, los dos mil metros que corresponden, Marco nos señala:

“¿Ven ahí? Atrás de esas montañas.
¿Ven? Es el mar.
Y hasta ahí vamos a llegar”.

Silencio absoluto. Motivación máxima. Duda. Complicidad. Entre los bejucos, los maizales y los cafetos se teje (o quizás se replica) nuestra comunidad nómada. Privada. Solidaria. Risueña. Sentimental.

“La marginación temporal del mundo, salir al descampado en búsqueda (…), la invasión de los sentidos, es siempre lo más importante en el peregrino” dice Claudio Lomnitz y sí. Qué esencial para todos congregarnos, ser juntos, sabernos, “cruzarnos”, un regalo más de este trayecto.

Llegamos a Los Magueyitos
en San José Ozolotepec,

el primer paraje que se erige junto al río.

¡Pudimos nadar!

Aunque no bañarnos. Quedó intacto el nido de pájaros que todos portamos por cabello.

La inclinación de la bajada y una mala técnica de caminata pusieron a palpitar las uñas de mis pies y concluí la jornada de ese día en caballo, subida en Bestia; de la familia de Paulino, quien me acompañó platicándome su interesante historia de vida: fue indocumentado en Estados Unidos y ahora, tecladista en un grupo que interpreta bachata.

En este lugar ya no hace frío, se puede dormir en hamaca y comer caldo de pollo criollo.


|Cuarto cruce: caminata día 4

Marco y Manuel cruzaron sus proyectos: el punto en común –o cruce– era el turismo de inmersión

“No queremos cambiar nada. Queremos aportar algo y es poner a la ruralidad en diálogo, al tú por tú, con la urbanidad”, asegura Marco.

El recorrido sigue a lo largo del río y tiene una dificultad mediana: se extenderá por seis horas.

En el trayecto hay ceibas que datan de más de 500 años y árboles de mango. El último tramo es una subida (de 45 minutos) que retó al grupo entero. Algunos ascendieron lento; otros rápido. Unos, en silencio; otros lloraron al notar que se sobreponían a cada paso.

Los guías locales suben con mucha facilidad (¡y con sandalias!) y destreza y son ellos también quienes empujan positivamente al grupo, con su paciencia, sus atenciones.

Son admirables.

Esta vez nos acompañó Ángelo, una autoridad del proyecto, un hombre con una manera de pensar apabullante, entera, clara, inteligente. Y pícara: “claro que me peleo, a veces, con Gaudelia, mi mujer, pero puedo asegurarte que, siempre, soy inocente”.

Llegar a la cima fue el último gran esfuerzo
físico para todos. Extenuante. Retador.
El sudor fue la moneda cara de este día.
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|Yuviaga es un templo.

Y como tal entramos descalzos y en silencio, agachamos la cabeza bajo la cascada intensa de su manantial transparente, potente, exquisito.

Beber agua helada.
Sumergir los pies
sobregirados desde hace días.
Reír.
Comer plátanos perón
asados a las brasas con miel
y agua de chilacayota en lo oscuro,
entre intermitentes
luciérnagas amarillas.

Hay silencio.

Más risas. Y hamacas esperándonos para dormir. Un templo, no hay duda. Se desconoce la ruralidad y es posible detectar cierta conveniencia en no saber.

Por ello, para los visitantes, la convivencia en los ocho diferentes parajes es una invitación a reproducir y replantear perspectivas, conceptos, formas de organización, en ellos.

Con los viajantes las comunidades pueden trastocarse un poco en su dinámica, pero el objetivo que se busca es que no sea de forma definitiva, que este turismo se integre como parte de su economía, pero no se convierta en su forma de vida, pues eso sí reconfiguraría a su sociedad de manera absoluta.


Las ocho comunidades integrantes del proyecto se rigen bajo la estructura de bienes comunales. En México, 51% del territorio nacional es propiedad social (ejidos y comunidades); en Oaxaca de Juárez, 89% es propiedad comunal. Una forma de explicarlo es: cuando se cumplen 18 años se tiene derecho a ser comunero, se puede hacer uso de la tierra.


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Para ello, es necesario cumplir con diferentes cargos en la comunidad, lo cual da un servicio a la misma.

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A cambio se reciben de forma gratuita agua, luz, etcétera. No obtienen un sueldo, sino que éste se ahorra y beneficia a todos. El salario, por lo tanto, es comunal y se utiliza para hacer un fondo que puede ser empleado para hacer inversiones de distintos tipos. Ahora, se construye uno para comprar instrumentos y rehacer las bandas musicales comunitarias, desde lo artístico y no desde lo turístico.


|Quinto cruce: caminata día 5

Puestos de acuerdo y, como cualquier proyecto inicial, con algunas dudas Camino Copalita se cruzó con su primer visitante: un salón de niños de 11 años. En octubre de 2016 recibieron a su décimo grupo de caminantes.

Hay pinturas rupestres
muy antiguas en una cueva alta
y profunda en este lugar.

Si la ruralidad suena lejana, a veces ajena, el arte ancestral lo es más. Y al mismo tiempo, hay un hilo delgado, todavía visible que nos ata a él, un cruce que nos mantiene unidos porque remite a la pintura que sí conocemos, a las danzas que todavía hacemos, en grupo, a carcajadas, adentro de un manantial.


 

El desayuno de hoy es la especialidad de la casa: huevos Copalita, estrellados y envueltos con hoja santa. Es la última caminata del viaje y será a través de árboles de guacanastles y un tramo, último, de paisaje urbano: San Miguel del Puerto. La estación final se llama Mandimbo, ahí se produce miel, café, piñas y hay un jardín botánico destacado y cuidado por la comunidad.

Mandimbo toma su nombre
de un árbol melífero que
puede llegar a medir
hasta 25 metros de altura.

Cecilia y Reyna nos acompañarán aquí durante las comidas y nos cuentan que, sobre todo, les gusta trabajar en la extracción, producción y envasado de miel.

Son muy divertidas y cálidas. Es evidente, al menos para mí, que hay cambios en el carácter de las personas conforme a su entorno: de la amabilidad a 3,243 msnm hemos llegado a la constante explosividad risueña a 500 msnm.

Considero la influencia probable del clima, la altura, los paisajes, la alimentación. No me defino por ninguna para explicármelo cabalmente.

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Mandimbo es otra de las comunidades que conforman Copalita, cuenta con la mayor diversidad de tipos/ colores de maíz del mundo:

*Colorado
*Rojo
*Rosado
*Amarillo
*Negro
*Azul

Debido a ello, ganaron un premio a nivel nacional.
Producen tres toneladas y media al año,
de la cual, la mitad se vende y la otra,
se destina al autoconsumo.

Una de las actividades más importantes dentro de la comunidad es la preservación de su jardín botánico. Este es dirigido por María. La variedad de plantas es extensa:

*jengibre
*vainilla
*carmín de los pobres
*cabeza de negro

entre muchas otras, con fines de investigación, ornato y uso medicinal.

Aquí se cultivan bromelias y, gracias a este trabajo, descubrieron una nueva especie de la misma y le adjudicaron el nombre a la localidad: Tillandsia Mandimboancis, lo cual ha sido de mucha trascendencia y reconocimiento hacia el trabajo de la comunidad.


|Sexto cruce: caminata día 6

Salimos con rumbo al río. El olor de la ropa mojada por seis días es insoportable e indefinible. No sabemos quién de los doce que somos huele peor, mas como solidaria comunidad nómada nos echamos la culpa uno a otro.

Casco, chaleco salvavidas y remo.

La comunidad nómada –muégano– es separada en dos balsas, quizá como signo de que eso, de forma definitiva, va a suceder más adelante.

Ha llovido y el río lleva agua suficiente para garantizar una jornada, de seis horas de remo, muy entretenida.

El día está soleado y hemos remado a buena velocidad: llegamos, luego de tres horas, a la comunidad de La Blas, bajo una palapa de palma con un diseño moderno, donde nos reciben con sopa de verduras, tamales de chipilín y agua de guayaba. La comida ha sido una protagonista esencial de esta aventura.

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Volvemos a embarcarnos; quedan otras tres horas de remo. Este trayecto transcurre más holgado y tranquilo. En la balsa en la que viajo hablamos sobre Camino Copalita: Marco y Manuel describen sus razones para crearlo y continuar impulsándolo.

Lóránt Vörös, húngaro, yakunshiel, fotógrafo, va señalándonos la diversidad de aves a las orillas del río porque es un especialista. David y Cristian van sentados frente a mí. El primero ha sido el integrante con mayor edad (67 años), en diez grupos de caminantes que han visitado Copalita y lo hizo espectacular.

Cristian, también: bárbaro a sus 56. La otra balsa lleva a los jóvenes del grupo: de 16 a 35 años. El recorrido se nos está acabando, ya se oyen las olas del mar reventando en la arena, la adrenalina que dormía —alimentada con tamales de chipilín— vuelve a encenderse.

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Superamos la última curva del río, el mar gruñe más cerca, las aves revolotean encima nuestro. Enmudecemos. Ahí está el mar. Ese mar que era una franja cuando la señaló Marco desde la montaña.

Ahí está el mar. Ruge. Revolotea.
Sin acordarlo y aún en silencio
comenzamos a remar más rápido.

Tenemos que llegar al tramo de arena que divide el río del mar. Sólo hay que llegar. Camino Copalita: sus hallazgos, sus regalos, su visión en este momento está concentrado en ese punto.

Hay que llegar. Remamos. Silencio. Las lágrimas brotan. De cansancio, de prisa, de emoción, de reto cumplido. Se nos sale el mar por los ojos a casi todos.

Hemos llegado. Desembarcamos.
Nos abrazamos unos a otros de celebración.
¡Llegamos! La montaña más alta es ahora
una franja fantasma terriblemente lejos.

También nosotros: estamos lejos de quienes éramos cuando empezamos a caminar. El mar ruge, revienta a los pies de todos. Nosotros reímos. Este instante será memoria para siempre, para todos. Un abrazo más, comunitario, nómada.

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Éste es nuestro último cruce,
nos abrazamos,
para luego seguir cada uno con su cauce,
como brazos de río.

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