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Chiapas a ojo de Quetzal

Por: Y FOTOS: FEDERICO DE JESÚS Swipe

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Fue en la primaria, en una enciclopedia, cuando vi una serie de fotografías aéreas que captaron la belleza natural de algunos sitios del estado de Chiapas.

Lo recuerdo muy bien. Como si se tratara de un ejercicio mental, cada vez que recordaba o visitaba alguno de los destinos de esta entidad, las imágenes de aquel tomo se agolpaban en mi cabeza.

Sin embargo, fue hace apenas un par de meses cuando pude vivir esta experiencia gracias a una asignación que cubrí para México Desconocido:

¡la oportunidad de conocer todo el estado de Chiapas desde el aire, a bordo de un helicóptero!

 

※※※ De esta manera, muy temprano llegué al aeropuerto de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en donde ya se encontraba el equipo aéreo que me mostraría los atractivos de toda la entidad.

Los primeros puntos a visitar fueron las zonas arqueológicas que se ubican en la frontera con Guatemala.

En primera instancia fue Palenque, la antigua ciudad maya, reconocida como una de las más importantes de esta cultura debido a que gobernaba territorios que se extendían por los estados de Chiapas y Tabasco durante el periodo Clásico Tardío.

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※※※ Más adelante descubrí Bonampak y Yaxchilán, otras ciuda des arqueológicas que yo había conocido en otro momento, aunque desde el aire las admiré desde otra perspectiva.

Incluso hubo momentos mágicos, sobre todo cuando los rayos del sol se colaban entre las nubes para iluminar las construcciones que conforman los restos de estas enigmáticas metrópolis.

※※※※ Con el tiempo cronometrado, el capitán me llevó rápidamente al Parque Nacional Lagunas de Montebello.

A ojo de pájaro logré ver un sinfín de formas naturales coloreadas con tonos azul, verde y ocre, demostrando la magnificencia de este vasto territorio mexicano.

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Más adelante, en el corazón del Soconusco chiapaneco, admiramos el sitio conocido como Las Nubes, un conjunto de cascadas y pozas naturales formadas al paso del río Santo Domingo que desemboca en el río Jataté, formando paisajes naturales que, a cientos de pies de altura, me arrancaron el aliento.

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Kilómetros adelante nos cautivó la belleza salvaje de la Laguna Miramar, donde la presencia del hombre es casi nula, dejando al descubierto este tesoro natural chiapaneco.

※※※ Con la adrenalina aun corriendo por mis venas, eventualmente aterrizábamos para comer y descansar en diversos sitios, algunas veces en aeropuertos, otras en improvisados campos de futbol. Cuando era así, decenas de niños y curiosos se acercaban para saludarnos o para admirar la aeronave.

Por las mañanas, cuando despegábamos con los primeros rayos del sol, podía ver a los lugareños salir de sus casas cuando escuchaban el ruido del rotor, despidiéndonos con las manos y sonriendo cada vez que les devolvíamos el saludo.

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Yo seguía las indicaciones del capitán, quizá por ello me permitió volar sin puertas, pero atado a un arnés para poder tomar fotos con toda seguridad, aunque sentía cómo el aire me golpeaba con fuerza, como si se tratara de una entidad que me recordaba que el universo chiapaneco estaba a mis pies.

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※※※ Con la emoción a flor de piel el ave de hierro nos llevó hasta el poblado de San Juan Chamula, sitio donde la magia de las comunidades indígenas demuestran que sus leyes autónomas son efectivas para este sector de la población, leyes polémicas para muchos turistas que desconocen el eje que les gobierna.

A bordo de la aeronave imaginaba como se entretejían las historias allá abajo. Suponía a una señora haciendo trueque de granos de maíz por frijol; a una familia llevando a cabo un ritual dentro de la iglesia, donde los ídolos se visten de santos

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※※※  Como si se tratara de una despedida, el capitán me condujo al Cañón del Sumidero, espléndido atractivo natural por donde fluye el río Grijalva, un cañón con un gran acantilado que alcanza poco más allá de los 1,000 metros.

Mientras sobrevolamos la zona, el verdor de los acantilados me hicieron saber que la naturaleza se encuentra en su máximo esplendor.

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Allí, sobre los canales que circulan a este monumento natural, recuerdo al quetzal, ave que surcaba estos cielos en total libertad, exhibiendo su plumaje, considerado una joya en la época prehispánica.

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Anonadado decidí guardar mi cámara para vivir en comunión con el paisaje aéreo, así que tomé aire y observé todo a mi alrededor. Sin duda este grandioso momento difícilmente se podrá volver a repetir, aunque estos instantes los llevaré tatuados en mi imaginación por siempre.

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