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Los espejos de Zegache

Por: Jimena Sánchez Gámez │ Fotos: David Paniagua Swipe

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Fueron los espejos, Rodolfo. Fueron los espejos de Santa Ana Zegache, esos que soñaste se dedicara a reproducir la comunidad vecina a la tuya, los que nos hicieron conocerte.

Por ellos nos precipitamos a Ocotlán y tu casa, al taller donde hacías volar, entre flores y frutas, a las mujeres de tu pueblo.

Llegamos a Ocotlán de Morelos una mañana de pueblo con nubes bajas.

Una mañana de mujeres trenzadas, de montoncitos de pan en el mercado cubiertos a veces con azúcar rosada

Ocotlán y su pintor

Así recuerdo el día, abochornado, que  conocí la casa del pintor Rodolfo Morales. Habíamos viajado David y yo a Ocotlán sólo para encontrarla y ahí estaba: la cocina de talavera intacta, los muebles antiguos alejados del polvo y el patio interior atestado de plantas y trinos.

Lo que para nosotros era nuevo, fue cotidiano para un artista acostumbrado a los días con puertas abiertas. “Mi tío se decidió a volver aquí en 1985, cuando dejó de dar clases en la Ciudad de México.

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Le gustaba que la casa estuviera siempre llena, que en ella corriera la vida, por eso mantenemos la biblioteca pública y el centro de cómputo que él instauró, se siguen impartiendo talleres para niños de dibujo, pintura y grabado, y no se ha dejado de utilizar el teatro al aire libre”, nos platicó Alberto Morales, presidente de la Fundación Cultural Rodolfo Morales.

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Agitando manos y soltando al aire cariño, el sobrino nos habló de los proyectos de su tío fallecido en 2001. Mencionó su afán por restaurar el ex convento dominico de Ocotlán –donde se encuentra el museo que guarda su obra–, pero también otras iglesias y monumentos y el alma de los pueblos vecinos.

A él acudía gente de todas partes,
cuenta Alberto, trayendo consigo
problemas sociales y culturales.

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El maestro destinaba con frecuencia el dinero que de la venta de sus cuadros obtenía para ofrecer soluciones. Ahora la fundación tiene como consigna continuar la labor altruista del pintor oaxaqueño.

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Seguimos los pasos de Alberto, escalera arriba, hasta el taller donde aún se conservan las pinturas sin terminar del hombre que a pinceladas veló por Ocotlán y las comunidades en derredor.

La luz era menguada por vitrales en las ventanas. En la mesa de trabajo al centro se apilaban brochas, tubos de óleo y paletas salpicadas de colores. Las mujeres atrapadas en los lienzos de Rodolfo Morales parecían flotar, morenas, ensimismadas, ingenuas. David tomaba fotografías. Yo estaba emocionada.

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Me asomé a uno de los balcones. “¿Qué miras, Jimena?”, la pregunta me alcanzó con la cabeza metida en el cielo. Buscaba las cúpulas del Templo de Santo Domingo pero se me escondían.

Sentía curiosidad por observar con cuidado la fachada azul y oro que remozó el maestro Morales, los pinos y jardineras que mandó colocar a su entrada.

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Y pensé en esa otra iglesia que también él reparó, la que conocimos un día antes en otro pueblo, en Santa Ana Zegache.

La historia de cómo supimos de Rodolfo Morales, su obra plástica o las iglesias que compuso, comienza de otra forma y voy a contarla.

Espacio Zegache

Todo empezó en la ciudad de Oaxaca, en una tienda que por azar descubrimos al fondo de la Plaza del Pañuelito.

De las paredes cuelgan marcos rojos;
flores azules y destellos de oro y plata los adornan.

Los recorremos con los ojos y algo de asombro, sin saber que están a punto de modificar el rumbo de nuestro viaje. Hay además servilleteros, abrecartas, bastones y candelabros como salidos de un retablo barroco. Otros marcos, con el mismo diseño antiguo pero intervenidos por artistas contemporáneos, se acumulan en la sala contigua.

Más allá queda un sitio para exposiciones y a un costado el taller de restauración, donde unas cuantas piezas de arte se encuentran a la espera de recuperar el esplendor perdido.

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Estamos, nos enteramos, en el Espacio Zegache, la galería donde van a parar los objetos que se elaboran en la comunidad de Santa Ana Zegache.

Alguien nos dice: “esos marcos de color encendido son reproducciones de espejos del siglo xviii, se doran al agua y el rojo se obtiene con temple de huevo”.

Ese alguien es Georgina Saldaña, la directora de los talleres comunitarios que a partir de ese instante deseamos conocer. Un ciclo de sol más tarde tomamos camino hacia Zegache. Íbamos, fortuna la nuestra, en el auto de Georgina.

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“En cajas de cartón encontramos los espejos originales”, nos decía con la ventana abierta y el cabello al viento nuestra recién descubierta guía.

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Aparecieron un día en la iglesia del pueblo al que nos dirigíamos, llenos de olvido, con su talla barroca y esa policromía tan especial. Solían estar en lo alto, a lo largo de la nave, y su función era la de iluminar.

“Entre el vidrio y la madera había documentos ocultos. Eran cartas de sacerdotes, una misa fúnebre y otras cosas que acabaron en la Biblioteca Francisco de Burgoa, en Oaxaca”.

¿Qué hacía Georgina en la iglesia cuando reverberaron de nuevo los viejos espejos y cómo terminó dirigiendo los talleres dedicados a reproducirlos?

Los talleres comunitarios

De haber llegado a Zegache hace veinte años hubiéramos encontrado una iglesia en ruinas y, peor aún, una población alrededor abatida por la violencia –pocos eran los hombres que no se habían ido a Estados Unidos a buscarse el destino y los que quedaban no hacían más que pelearse–.

No había esculturas en los nichos, ni color en la fachada. En el interior la vegetación crecía despistada y doce desvencijados retablos barrocos eran hogar de alimañas.

La portada que nosotros vimos era otra, animada, con flores esculpidas en las hornacinas. Al entrar descubrimos parte de la pintura mural vuelta a la vida y cinco altares restituidos.

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Georgina había sido llamada en el año 2000 por el restaurador Manuel Serrano para que contribuyera en el sueño, iniciado hacía tres años, de un artista que quería devolverle gloria a Santa Ana Zegache.

Se trataba de Rodolfo Morales. El pintor anhelaba que el templo brillara otra vez, pero también que la gente aprendiera a recuperar y cuidar la riqueza que este guarda. Así comenzó por sentar las bases de un taller de restauración. Las mujeres del pueblo pronto se convirtieron en doradoras.

Nuestra anfitriona trabajó junto con ellas. Entonces estaba recién llegada a Oaxaca y no tenía donde hospedarse. Pasó una temporada en el pueblo vecino, en Ocotlán, en la casa y la rutina del maestro Morales.

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Cuando los espejos fueron hallados, reparados, Morales atinó a imaginar la posibilidad de reproducirlos.

“Pensó que si Tilcajete y Arrazola tienen sus alebrijes o San Bartolo Coyotopec el barro negro, Zegache bien podía fabricar espejos”.

Seguimos la voz de Georgina desde la iglesia a las instalaciones de los Talleres Comunitarios a un costado. El maestro murió, ya nadie hizo nada. Hasta que en 2004 Georgina y sus colegas consiguieron el apoyo de las fundaciones Alfredo Harp Helú y Rockefeller.

Esta vez también llamaron a los hombres y la talla de madera quedó incluida en las prácticas. En algún momento los retablos no pudieron ser más retocados por motivos burocráticos. Aún así las manos de la comunidad no descansan.

Hacen foto esculturas, juguetes, objetos utilitarios y hasta un refresco llamado Zega Cola. A los talleres llega arte de otros pueblos en busca de remiendo, y no faltan artistas extranjeros interesados en las cosas que ahí suceden.

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Pero, sobre todo, se elaboran con cariño los espejos que ilusionaron a Rodolfo Morales.

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