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Pico de Orizaba

Más que un reto: sentirme viva en el Pico de Orizaba

Por: Marcela González Swipe

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Su cumbre brilla por el sol.
Casi casi puede encandilarme;
luego, se esconde.

¿Podré echar andar mis pasos sobre aquel glaciar? No tengo idea. ¿Estoy nerviosa? Lo suficiente para no dormir. ¿Feliz, emocionada? Como nunca.

Aquí la bitácora de un ascenso que cambió mi vida.

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Ahí estaba: un pico blanco en lo alto, detrás de las nubes. Se veía tan cerca, casi podía tocarlo. No, para nada estaba cerca; de hecho, se encontraba muy lejos, tanto que nos tomaría unas siete horas poner un pie en su cima.

Gente nueva, lugar nuevo; aire distinto, un poco de frío –tal vez mucho–. Aquí estaba, venciendo un reto una vez más. Digo una vez más porque he subido también La Mujer Dormida, Iztaccíhuatl.

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Fue un desafío recorrer sus laderas, aristas, cada una de sus partes; aunque no es el volcán más alto del país, llegar a la cumbre no fue cualquier cosa. “Enamora a todo aquel que la conquista”, me dijeron, y así fue para mí. Practicar montañismo se ha vuelto más que una pasión.

Cada montaña es una lección, y si subiera 20 veces a la misma cumbre, cada ascenso me enseñará algo diferente: aprendo a conocerme en distintas facetas, siempre en diferentes ambientes. Nunca subo la misma montaña.

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COLORES Y PREPARATIVOS

Aquí estaba, nerviosa una vez más; amo ese sentimiento que me hace sentir viva.  Llegamos a Tlachichuca, Puebla, a hacer las últimas compras del súper y de ahí partimos hacia el hostal de Roberto Flores Rodríguez, alias el Oso, donde pasaríamos la noche. 

Amaneció, nos despertamos alrededor de las 9:00 hrs., nos cambiamos, preparamos nuestras cosas y almorzamos unas deliciosas enchiladas mexicanas, las más ricas que he probado, ¿o será que en la montaña todo sabe más rico?

Dejamos nuestro cambio de ropa en la camioneta que nos esperaría de vuelta el domingo en la tarde y partimos hacia el refugio Piedra Grande, el punto de partida del sendero que comienza cuesta arriba hacia el punto más alto. 

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Nos esperaba un camino de unos cuantos brincoteos arremolinándonos en los asientos de la camioneta; nos dividimos en dos de ellas. Íbamos observando los paisajes que rodean el Pico: enormes oyameles y pinos cuyo olor intenso perfumaba el trayecto, mientras el sol nos regalaba un poco de calor para platicar más a gusto.

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ACLIMATAR Y SOLTAR

Estábamos a 4,200 metros sobre el nivel del mar, entre nubes blancas y los rayos crepusculares que las atravesaban, la atmósfera nos envolvía de una paz y adrenalina intensa. Entonces, la cumbre se asomó. “¡Nos está saludando!”, dijo Héctor, quien formaba parte del grupo.

Sí, así sentimos todos la bienvenida al Citlaltépetl, su nombre en náhuatl que significa “cerro de la estrella”, pues su cumbre nevada brilla el año entero.

▇  Más que un reto físico, queríamos hacer de esta experiencia un aprendizaje, de esos que permiten llevar algo más que la satisfacción de alcanzar la cumbre de vuelta a casa, algo entrañable que transformara nuestro día a día.

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Compartir los aprendizajes en la montaña al regresar enriquecería el viaje para todos. Además, la felicidad sólo es real cuando la compartes, ¿no?

Teníamos frío. El reto había comenzado desde que salimos de casa. Más aún: desde que tomamos la decisión de venir y empezamos el entrenamiento.

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ALFOMBRA DE NUBES

Preparamos nuestras mochilas y comenzamos a subir, hoy no sería el día de cumbre. Después de dos horas y cargando alrededor de 15kg en la mochila, llegamos al segundo campamento a 4,800 msnm, dormimos en la zona conocida como los Segundos Nidos, metros antes de llegar al punto conocido como El Laberinto, conocido así por sus distintos caminos y piedras que hacen que el camino sea un poco confuso, para después darte la bienvenida el glaciar de Jamapa.

Aquí, en los Segundos Nidos pasamos la tarde, con una cama de nubes que yacía serenamente a nuestros pies, detrás del campamento. Imposible no aprovechar este momento para sacar fotos.

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Cenamos una rica pasta al pesto y tomamos un poco de té caliente platicando mientras la noche se hacía cada vez más oscura bajo las estrellas, luego nos acostamos a las 20:00 hrs. para descansar y salir a cumbre alrededor de las cuatro de la mañana del domingo.

Dormimos, soñé que volaba: ¡así quería subir! En la vida muchas veces se lleva una “mochila” de sentimientos. Aquí, la mochila de verdad se vuelve una extensión del cuerpo.

No es posible cargar doble, así que la de sentimientos se queda abajo. Volar, tenemos que aprender a soltar, dejar ir todo aquello que nos pesa emocionalmente para poder subir sin peso extra. Nunca me había sentido tan ligera: logré disolver las preocupaciones cotidianas para sentirme libre.

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Un poco de insomnio, abro mis ojos: dormir a 4,800 metros no es tan fácil si no aclimatas bien.

❅❅❅Quiero ver cómo está afuera, me gana la intriga de observar aquel cielo que cobijaba mi tienda de campaña,  abro el zipper y asomo mi cabeza, veo un cielo cubierto de estrellas, ese cielo que sólo se puede ver cuando te encuentras lejos de todo, una oscuridad profunda, hoy hay Luna Nueva, todo brilla y no puedo evitar agarrar mi cámara y salir, mis manos se congelan, pero las fotos, sin duda valieron la pena.

Entonces me doy cuenta de que tengo una sonrisa gigante pintada en mi cara, doy las gracias por este momento, me encuentro sola junto a la tienda de campaña, escuchando el aire y contemplando ese manto estelar que iluminaría sutilmente mis pasos en un par de horas.

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Comienza el baile de mariposas en mi estómago, son las dos  de la mañana. Entro de nuevo en la tienda y cierro mis ojos, en un par de horas saldríamos a atacar cumbre. Intento dormir de nuevo.

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Llegó la hora y el baile de mariposas era ahora una fiesta entera en mi estómago. Alistamos nuestras cosas y desayunamos un poco de avena, ligero, para no sentirnos tan pesados durante el ascenso. Ahora sí, !arriba!

Cruzamos el laberinto y al cabo de una hora y media llegamos al Glaciar de Jamapa ¡a ponernos los crampones, esos picos metálicos que permiten sujetarse a la nieve! “Es eterno, sientes que no llegas nunca” me había dicho un amigo montañista hacía unos días, sí, era inmenso, pero aún no se veía tan eterno como me lo habían platicado.

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Entonces empezamos a subir, encajando los crampones sobre la nieve, “A paso lento, como bostezando”, la frase de una canción que se me pega cada vez que voy subiendo, porque así me siento, lenta. Sí, ahora siento eterno el glaciar, doy mil pasos y aún así siento que no avanzo.

Pero entonces voy cantando en mi mente y entiendo que así debe ser, “como bostezando”, con esa tranquilidad, entendiendo que el proceso es así, es importante ser pacientes.

Nunca hay que subestimar a la montaña.

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¿QUÉ ESTOY HACIENDO AQUÍ?

Creo que cualquier montañista puede entender esto. Siempre tenemos un momento en el que nos preguntamos ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué mejor no estoy en mi casa viendo películas? Nos encontramos en medio del camino, con frío, desgastados, nos duelen los pies, y si sigo describiendo lo que sentimos, no acabo.

Sí, ese momento es casi eterno, pero luego entiendes perfectamente que no podrías estar en un lugar mejor. No todos los del grupo se sintieron bien al subir, a unos les dolió la cabeza, otros hasta vomitaron; así es el mal de montaña.

La altura nos pega a todos de maneras distintas y el cuerpo reacciona. Por mi parte, esta vez me tocó darle un giro a mi mente, un segundo aire a mi cuerpo.

Me repetía: “estoy al cien, me siento perfectamente bien, estoy un poco cansada, pero lo disfruto al mismo tiempo y estoy segura de que llegaré”. Sentía que la cuerda me jalaba, al volverme vi a Dago diciendo: “Ya no puedo, quiero vomitar; no me siento bien”. 

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Tengo poco de conocerlo. Es una persona muy fuerte, tanto física como mentalmente, alguien que lucha por lo que quiere y que sin duda entrenó lo suficiente para hacer cumbre. “Venga, Dago, ya casi estamos ahí, tú eres fuerte”. Comencé a cantar
Volaré para amenizar un poco las dificultades que parecían vencer al grupo. 

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Sí, yo sentía que volaba, tal y como lo soñé. Mis ojos observaban un paisaje que apenas creía real.

Nos encontrábamos literalmente más cerca del cielo y ahí todo brilla: las nubes resplandecen y el glaciar se va pintando de amarillo conforme el sol avanza en su órbita.

Me reafirmo: “Sí, voy a llegar a la cumbre, despacio pero lo haré”. Ahí está todo el esfuerzo y la perseverancia, la firme decisión de darle al cuerpo ese empujón de creer que ¡sí se puede!

❆❅❆❅En esos momentos había una certeza: todo es posible si escucho a mi cuerpo, recordando siempre que hay que regresar sana a casa, llevándome al límite pero no al extremo. Compartí con mis compañeros miedos, dudas.

Allá arriba nos conocemos en nuestra más pura esencia, esa que nos hace dar lo mejor de nosotros mismos todo el tiempo.

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El miedo siempre estaba presente, nos paraliza y nos detiene. En realidad, funciona como una especie de alarma: una que me hace agradecer cuando reconozco que tengo miedo, cuando estoy a punto de subir un gran escalón que me llevará muy alto.

El miedo es como un tiro con arco: es la flecha que te estira lentamente hacia atrás y entre más atrás se estire la flecha, mayor será el impulso para llegar más lejos.

❆❅❆❅Así que sólo hay que enfrentarlo, hablar con él y decirle que estamos aprendiendo a salir de nuestra zona de confort, que es un poco incómodo pero no mortal. Su voz se desvanece. Se desvanece como el ruido en la montaña, donde escuché el intenso sonido del silencio: mi corazón. Conversé, conversé con él y conmigo, nada más.

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EN PRESENTE

Paso a paso voy. Despacio cuesta arriba, con las manos hechas piedra y la cara quemada por el viento congelado, entonces entiendo qué es la paciencia y el dolor. Nadie dijo que fuera fácil. Luego miro hacia abajo, ahí está: la obra maestra que nos regala la naturaleza.

Veo mis huellas y al fondo una cama de nubes detrás del glaciar que se pinta de rosa con los rayos del sol; la primera luz del día. Me encuentro perdida en un instante, totalmente rendida ante la grandeza del pico más alto de México que impone a todo aquel que reta a su cumbre, entonces entiendo qué es la humildad.

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Aquí me siento libre, entiendo que no importa si soy la última en llegar a la cumbre, o la primera. Algo muy grande toca mi alma, y así me pongo en contacto con la verdadera esencia de lo que es vivir.

Me encuentro 100% alerta, alerta en todos los sentidos, 100% presente. Puedo escuchar mi corazón. Siento, veo y observo todo lo que pasa a mi alrededor. Tengo extremo cuidado a cada paso que doy, debo pisar firme y fuerte, cuidar el piolet, la cuerda que voy tomando a mi lado, cambiando de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, dependiendo en la dirección que caminemos.

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Me tapo la cara: el gélido viento quema.
El frío cala hasta los huesos. Siento cada parte de mi cuerpo, mis piernas están haciendo un esfuerzo por obedecer lo que manda mi mente, mis manos quieren un poco de calor. Respiro y mis pasos agarran ritmo. Sí, estamos cerca.

¡Cumbre! Llegamos al punto más alto: estamos parados en el techo de México.

Aquí salen las lágrimas y nos damos el “abrazo cumbrero”. Me siento plena, puedo conversar conmigo misma; siento el gélido viento en mi cara. Entiendo que lo he logrado, me siento grande, inmensa y fuerte pero a la vez diminuta e insignificante ante tal infinita magnificencia en el horizonte.

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EQUIPO

Todos llegamos a la cumbre: el equipo completo de ocho personas, aquí nos dimos cuenta de la importancia de que trabajemos juntos y nos apoyemos el uno al otro para poder subir.

❄❄❄❄Siendo pacientes y esperando, obedeciendo al líder del grupo, dejando a un lado cualquier arrogancia que se pueda presentar. Festejamos juntos, sabiendo que la cumbre es apenas la mitad del camino.

Ahora debemos bajar, emprender la otra mitad del camino —sacando todas las fuerzas que nos quedan— debemos ir más alertas porque el cuerpo está cansado y es fácil resbalar. 

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NUNCA SUBO LA MISMA MONTAÑA

En la montaña, nada sale como lo planeas, todo el tiempo estás viviendo al borde de la incertidumbre y siempre te encuentras con sorpresas. El clima, el mal de montaña, situaciones de otras personas… nada queda en nuestras manos.

❄❅❅❆La montaña nos enseña a rendirnos ante ella, aceptando y respetando lo que quiere mostrarnos en ese momento. Ahí está el secreto, ahí recae el aprendizaje: entender la metáfora de que todo lo que sucede en nuestras vidas es perfecto.

¿Que por qué vuelvo a la montaña? La razón es un sentimiento que difícilmente puede expresarse en palabras. En la montaña entiendes que nada es perfecto hasta que te enamoras.

Es difícil: hay obstáculos y riesgos que debemos enfrentar, pero entonces miras a tu alrededor y entiendes y sientes la belleza infinita que está ahí para ti en ese momento, para que la contemples y la compartas con quienes estén contigo: te enamora. 

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La naturaleza ejerce un efecto sobrecogedor en mí, en lo más profundo de mi alma. Aquí entiendo que lo que importa es disfrutar el camino, miro hacia abajo y veo la diminuta ciudad a mis pies, la observo y me encuentro muy lejos de ella. La ciudad es demasiado pequeña y siento que cualquier cosa que pudiera preocuparme allá abajo es del tamaño de una hormiga, casi microscópica.

Entonces entiendo que cuando vuelva, los problemas serán pasajeros y las preocupaciones ya no me tumbarán, me encuentro asombrada de pertenecer a este instante, donde no soy juzgada por nada ni nadie, donde me siento libre y plena.

Existen 3 estados en los que el ser humano puede encontrarse durante el ascenso:

zona de confort:
cuando nada cuesta trabajo, el simple hecho de respirar se hace sin ser consciente de ello.

zona de reto:
se vencen obstáculos, se reconoce el miedo y se acepta, se da lo mejor de uno mismo. En la montaña, la respiración se vuelve un reto, ya no es algo tan simple, la altura afecta en la cantidad de aire que entra a los pulmones.

zona de pánico:
es importante reconocerla, aquí es cuando se debe tomar la decisión de abandonar la cumbre, hay que examinarse y aceptar que hay que bajar, aprender a decir “no”. En esta zona de pánico no se reacciona igual: a veces hasta se olvida el propio nombre y vienen alteraciones en cuerpo y mente.

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El Pico  es la cima más alta del país y está ahí por algo, esperando para que la recorramos o quizás para entrenar y luego ir a cumbres más altas en otros lugares, o simplemente para que la contemplemos.

Checa el trabajo de Marcela Outside y síguela en Instagram.

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