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Tlaxco, un viaje de sabor y plata

Los sabores y paisajes de Tlaxco, uno de los dos pueblos mágicos de Tlaxcala, encandilan. Después de pasearte por sus coloridas calles, encontrarás que una visita nunca es suficiente.

Por: Karina López Correa / FOTOS: Herbey Morales Swipe

De niña, mi papá me llevaba con cierta regularidad a Tlaxco, hasta allá trabajaba. Solíamos quedarnos en un lugar de paredes infinitamente amarillas y campos llenos de vida: la hacienda San Pedro La Cueva.

 

Hace unos días, veintitantos años después, volví a esa tierra de cielos brillantes y nubes gigantes. Me dirigí a la salida a Puebla y tomé la carretera nueva Puebla-Tlaxcala, pues desde la CDMX este es el camino más directo, seguro y rápido. En menos de dos horas y media ya estaba en Tlaxco.

Esta vez no me llevaba mi padre, sino algo que le había prometido: el día que terminé la primaria me regaló unos aretes de plata en forma de colibrí, me pidió que los cuidara mucho, porque una talentosa artista, Eva Martínez, los había hecho con sus propias manos. Pero sobre todo, esperaba que los usara el día que terminara la universidad.


Teníamos un trato

Cuidé de aquellos aretes con todo el esmero con el que un niño atesora su juguete favorito, sin embargo, en el afán que exige jugar con los primos, perdí uno. Lo busqué hasta el cansancio, sin éxito. Cuando estuve cerca de terminar la carrera, más que el examen profesional, me preocupaba sólo tener un arete. Recordé que los había hecho una mujer, así que pensé que sólo era cuestión de buscarla y pedirle que hiciera el otro. Tenía su nombre, tenía el lugar y, ese fin de semana, tenía el auto de mi papá.

Quise aprovechar la ida para hacer un viaje en mis recuerdos. Me volví a hospedar en la hacienda San Pedro La Cueva. No había cambiado mucho, sin embargo, me encontré con que ahora es un hotel boutique, que además de ser un lugar idílico para el descanso, cuenta con jardín para eventos, capilla, galería de huipiles, criadero de animales, 42 hectáreas de naturaleza que se pueden explorar en bici o a pie, un restaurante de cocina tradicional tlaxcalteca y sólo cuatro habitaciones; tanta es la privacidad que aquí se respira, que parece que la hacienda es tuya.

En cuanto llegué, recordé cómo de niña apenas bajaba del carro, me echaba a correr  hasta el jagüey para ver a las vacas beber agua. Ahí los días pasaban tan lento y aun así me parecían tan cortos.


La hora del almuerzo se acercaba, así que fui al restaurante de la hacienda, El Tinacal, y pedí los tlacoyitos de alberjón con salsa de molcajete y queso fresco y un café recién hecho. Cuál fue mi sorpresa al ver que al fondo, en el vaivén de su mecedora, estaba el Tío Pepe, dueño de la hacienda.

 


Corrí a saludarlo y con toda la elegancia que siempre lo caracterizaba me contestó —tendrá que disculpar la descortesía de mi apagada memoria, señorita, no es mala voluntad, son los años los que no permiten recordarla—. Bastó darle el nombre de mi padre, para que con su voz tersa y pausada dijera, —¡pero claro, eres la nena que correteaba mis conejos!

Pronto le conté lo que me afligía —que era la misma razón de mi estancia ahí—. Desde luego que Tío Pepe conocía a Eva Martínez, hacía años que no la veía, pero me dijo que con gusto me llevaba hasta su taller.

De la hacienda al centro de Tlaxco no son ni 15 minutos, tiempo suficiente para que me contara que ahora todo lo de la hacienda lo lleva su sobrino Agustín, ése mismo que de muchacho cuidaba que no me acercara tanto al jagüey.

Fue Agustín quien quiso remodelarla para que fuera un hotel boutique, él acondicionó el área de juegos infantiles, la zona para acampar y compró las bicicletas.


Un templo a la nostalgia

Jorge nos dejó entrar a la escuela y taller de Eva Martínez. Este lugar, fundado en 1985, está dedicado a la reproducción de joyería antigua mexicana que data de los siglos XVIII y XIX.

Entre sus piezas más aclamadas se encuentran los famosos aretes de Frida Kahlo que la maestra recreó a detalle con sutil perfección.


Nos explicó que todas las piezas se elaboran manualmente con la técnica de “cera perdida”.

Son varias las semanas que requiere el proceso creativo de aretes, anillos, collares, pulseras y dijes. Dichas piezas son en su mayoría reproducciones de modelos franceses de art nouveau adquiridos por la sociedad mexicana de principios del siglo XX.

Otras más están inspiradas en bordados de huipiles mayas y otomíes. Garzas, rosas, frutos, manos diminutas y mis anhelados colibríes cobran vida en el taller de Eva Martínez bajo el resguardo de tres de sus alumnos: Jorge Arroyo, Citlali Moritzky y Adelita Limón, esta última cuido de la maestra por más de 10 años. Al morir Eva, fueron ellos los herederos de su legado y transmisores de su conocimiento. Este taller es una oda al amor y un remedio para la nostalgia. Bien vale hacerse un tiempo para visitarlo y comprar cualquiera de la bellísimas piezas que venden.

 


Sabores que no he de olvidar

Le dejé mi arete a Jorge, prometió que haría uno idéntico y me lo enviaría en tres semanas, justo para el día de la graduación. Caminé con Tío Pepe de regreso al centro, me llevó a La Tienda de Don Mariano, un lugar de lo más acogedor, que con el devenir de los años pasó de ser tienda de abarrotes a café y restaurante de comida orgánica. Todo lo que allí se sirve es preparado con ingredientes de la región. Es una propuesta de alimentación saludable y deliciosa, que promueve el comercio justo y reactiva la economía local. Pedí lasagna de berenjena y Tío Pepe, un chile relleno envuelto en hojaldre.


Volvimos a  la hacienda con un frío que hacía castañear los dientes. Tío Pepe pidió que encendieran una fogata y, con el tenue crujir de la leña y las manos ya tibias, me contó sobre las cinco generaciones que ha visto pasar esta construcción de principios del siglo XVIII. Me habló sobre su madre y los sombreros que hacía.

Tanto era mi embeleso, que le pedí que me mostrara su casa, pues está justo enfrente del hotel y también forma parte de la hacienda. El tiempo ahí no corre; me quedé maravillada con el cuarto de sus tías, recubierto de tapiz azul y la cama con dosel al estilo del siglo XIX. Me enseñó su biblioteca personal, sus cientos de fotos de viaje y hasta su bar, que es un sueño hecho pub.


Por la mañana salí a andar en bici, el frío no se rendía y la hierba húmeda perfumaba el camino. Una liebre corrió a esconderse, atrás quedaron borregos, árboles, nidos de codornices y conejos. Llegué hasta lo alto de una colina y me encontré con el Popo y el Izta, inmaculados e inseparables. Con un lento pedalear, volví sin querer volver. Ya sólo quedaba el desayuno, pedí la especialidad del Tinacal: barbacoa de hoyo. Ese sabor ahumado es el sabor de los días con mi padre, sin duda, a él le debo mi amor por los viajes y mi fascinación por la comida. Me despedí de Tío Pepe con el corazón rebosante de dicha y partí de Tlaxco con la cajuela atestada de recuerdos, ahora sí a preparar el examen.


Viajero verde

A tan sólo 3km de Tlaxco, en medio de un bosque de pino y encino, se encuentra Proyecto San Isidro, un lugar que fomenta la armonía con la naturaleza por medio de talleres, cursos y actividades que van desde la construcción de viviendas con materiales sustentables, sanitarios ecológicos, cultivos orgánicos y hasta nuevas opciones educativas.
proyectosanisidro.com


¿Dónde dormir?

Hacienda San Pedro La Cueva
Km 5 Carr. Tlaxco-Apan, San Pedro La Cueva, Tlaxco, Tlax.
C. 044 222 324 5066
[email protected]

¿Dónde comer?

La Tienda de Don Mariano
Av. Independencia Nacional 14, Tlaxco, Tlax.
T. 01241 496 1690
FB @LaTiendadeDonMariano

¿Qué comprar?

Un imperdible de Tlaxco son sus quesos: ahumados, frescos, curados, de cabra, manchegos, con chile serrano. Todos están buenísimos. No puedes irte sin llevar algo del Taller de Eva Martínez, Taller Escuela de Platería Tlaxco
Domingo Arenas 26, Tlaxco, Tlax.
[email protected]

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