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Valladolid para reinventarte

Calles coloniales, una cueva con aguas termales, monos araña, una laguna, ciudades mayas enterradas en la selva, y el calor de su gente nos dicen que la península de Yucatán es más que solo Chichén Itzá, cenotes y playas de arena blanca.

Por: DANIEL CUEVAS SALDAÑA Swipe

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El avión aterrizó en el aeropuerto de Cancún. Aline y yo subimos a un taxi que nos llevaría hasta el Pueblo Mágico de Valladolid.

La radio del taxi tocaba a David Bowie, su música hizo que me acordara de cuando conocí a Aline –una chica de ojos grandes enmarcados por lentes de pasta– en un taller de cine en los Estudios Churubusco. Conectamos de inmediato y desde entonces nos volvimos inseparables.

Los viajes se convirtieron en nuestro deporte favorito. Y ahora nuestro destino eran las tierras mayas.

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✦✧ Una mirada ✧✦

Después de dos horas, nos encontrábamos en Valladolid. Le indicamos al taxista que nos dejara en el hotel Zentik (palabra que en maya quiere decir amamantar), donde teníamos reservaciones.

Un hombre de unos 50 años, con mucha vitalidad y plática jovial nos recibió. Era don Alberto, dueño, aventurero e iniciador del lugar que nos advertía era uno donde la relajación es obligatoria, y enseguida nos mostró dónde estaba el spa, porque si queríamos empezar bien el viaje necesitaríamos un masaje.

Luego de dejar nuestras maletas en el cuarto nos dirigimos al spa. Las masajistas nos indicaron que nos instaláramos cada uno en una cama de masaje y que disfrutáramos.

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Yo cerré los ojos y las manos con 10 años de experiencia de Marian, la masajista, me quitaron toda la tensión, dolor y bloqueos que traía.

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Esa noche, relajados, decidimos explorar Valladolid. Todos los recorridos inician por la plaza central, el Palacio de Gobierno, los portales y la iglesia de San Servacio como protagonistas.

Aline quiso tomarse una selfie con la iglesia detrás, a esta construcción la conocen como “la iglesia castigada” porque cuentan que aquí, a principios del siglo xviii, fue asesinado el alcalde de la ciudad, y luego de ser reconstruida se decidió que miraría hacia el norte, no al poniente como lo hacen todas las demás iglesias de Valladolid.

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Al día siguiente, desperté con los primeros rayos de sol, con tanta energía que decidí tomar una bici y recorrer las calles para retratar otros lugares con la luz de día.

Las fachadas cuyos colores se escondían por la noche ahora brillaban bajo la fuerza de un sol que al no ser verano no golpeaba con contundencia.

El Ex Convento
de San Bernardino de Siena
y su barrio aledaño me encantaron.

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La calle 41ª con su traza original, me hizo viajar otra vez, pero ahora varios siglos atrás. Imaginé carruajes, españoles a caballo y la guerra de castas, hasta que el estómago dio señales de volver a Zentik, donde unas enfrijoladas, un jugo de naranja con champán y un café me devolverían la fuerza anhelada.

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✦✧ Joyas del subsuelo

Aline todo este tiempo había optado por aprovechar más el revuelo del inconsciente. Me la encontré en el comedor para ser consentida como yo.

El calor ya al mediodía nos seducía para dar un chapuzón subterráneo. Don Alberto nos había contado que era una cueva natural que encontró mientras fincaban el terreno. Primero la exploró y decidió que era un gran sitio para una alberca climatizada.

“El agua de los cenotes de aquí es fría, por eso pensé en un cenote termal, como opción para meterse tanto en el día como en la noche, cuando el frío y el cansancio invitan a un baño en una temperatura agradable”.

Al descender la escalera y sentir el vapor en su cuerpo, el rostro de Aline decía que eso era justo lo que necesitaba para complementar su descanso total.

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El agua tibia, la oscuridad alumbrada por velas y una entrada de luz en la bóveda, le regalaban lo que tanto anhelaba. Al entrar yo al agua me dejé flotar mientras acallaba mis pensamientos.

No supe cuántas horas estuve ahí, pero lo que sí percibí es que se puede llegar a una especie de estado de meditación, mientras se flota en el agua y se respira profundo, muy profundo.

✦✧ Los secretos de la selva

Al siguiente día salimos muy temprano para dirigirnos a El Naranjal, una pequeña comunidad en Quintana Roo, en los linderos con Yucatán, a solo un par de horas de Valladolid.

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En esta comunidad, Manuel, el guía del pueblo, nos adentró en la selva entre veredas llenas de mosquitos; nos contó que falta descubrir los vestigios de una ciudad maya enterrada ahí bajo árboles y tierra.

Según las investigaciones, son ruinas de una civilización perteneciente al Periodo Clásico que estuvo muy ligada económicamente a Cobá.

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Manuel nos explicó que hay más de 90 edificaciones contabilizadas por el inah, lo que habla de una ciudad relevante en su época.

Nos reveló un secreto: la historia de unas campanadas al mediodía que se escuchan “desde otra dimensión”, no vienen de ninguna iglesia cercana, pero de pronto ciertos días se logran oír.

Esa ciudad prehispánica, que no cuenta con ningún nombre establecido, estaba íntimamente unida al cenote Aktun Tzuub, un lugar seguro de abastecimiento de agua pura y que ahora los lugareños han acondicionado para los turistas.

Aunque antes de entrar Manuel recomendó pedir permiso para su visita a los aluxes que lo resguardan.

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Un breve chapuzón helado nos refrescó del calor selvático, y al salir las mujeres del pueblo ya habían extendido un mercado improvisado donde exhibían sus artesanías.

Huipiles, guayaberas y mantelería dominaban el escenario. Sus creaciones llenas de color alegraban la vista y Aline no pudo resistirse a comprar una.

Después de detenernos a comer por el camino unos típicos salbutes, seguimos hacia Punta Laguna, una reserva ecológica de más de 5,000 hectáreas y hogar de más de 800 monos araña.

Ricardo, uno de los guías locales, nos llevó por senderos donde nuestros pasos se hundían en la hojarasca y, sin darnos cuenta, casi pisaban las ruinas de alguna antigua edificación maya.

El oído y la vista aguzada de Ricardo advirtió cuando un mono estaba a punto de dar el salto entre un árbol y el otro.

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La distancia de ellos a nosotros era enorme, mi lente de 100 mm era insuficiente para lograr una buena foto —los árboles miden más de 30 metros—, sin embargo, alcanzamos a ver a un grupo de monos cruzando de un sendero a otro.

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Pero el regalo más especial e impactante de este lugar es llegar al punto donde los árboles de estas selvas bajas dan paso a la inmensa laguna que le da el nombre a esta reserva.

En medio de este depósito de agua cristalina, hay un muelle para embarcarse en canoas y kayaks que llevan a tirolesas para cruzar sobre la laguna.

Ricardo nos contó que también se puede hacer rapel para bajar a un cenote que tiene ofrendas y osamentas prehispánicas cuantificadas por el inah (aunque quienes lo han visitado aseguran que en su interior, la energía se siente espesa, como si descendieras a una tumba).

Como ya era tarde, no pudimos comprobarlo. Así que decidimos simplemente sentarnos y contemplar ese inmenso cuerpo de agua que aparece quieto y escondido en medio de la selva; su sonido, su temperatura y su olor eran la medicina que tanto nos hacía falta para terminar de relajarnos y ahí, en ese preciso instante, se cumplió la promesa hecha al elegir Zentik: “nutrirse otra vez”.

✦✧ No olvides probar✧✦

Los lomitos de la mudita en el mercado, recomendados por todos.

El xtabentún –bebida de miel y anís– como digestivo, y la mermelada de papaya.

Zentik Project
Calle 30 192C,
Fernando Novelo,
Valladolid
T. 985 118 5651
www.hotelzentik.com

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